—Sí —contesté, sin atreverme a mirarlo a los ojos.
Rosa, a mi lado, me observaba con una mirada curiosa y sugerente, como si también notara que algo no era normal.
—Por favor, señor Montero, levante los brazos a la altura de los hombros —pedí cortésmente, tomando una cinta métrica más larga.
Lucas se paró frente a mí. Al rodearle, me di cuenta de que medía casi 1.90m.
Por suerte yo mido 1.72m; si fuera más baja quedaría ridícula, tendría que subirme a un banco para medirlo.
Él cooperaba bien y pude medirle fácilmente la parte superior. Al llegar a la cintura y cadera, dudé. ¿Debía abrazarlo por delante o por detrás?
Curiosamente, las mujeres que antes charlaban y reían animadamente, ahora guardaban absoluto silencio, con todos los ojos fijos en nosotros.
Me puse nerviosa de repente, sintiendo las orejas arder y quizás enrojecer.
—¿Pasa algo, señorita Navarro? —notó Lucas mi vacilación.
—Oh, no... es que es muy alto —solté sin pensar.
—¿Quiere que me agache?
—¡No, no, no hace falta! —me apresuré a negar y, armándome de valor, lo rodeé por delante apresurada con la cinta métrica alrededor de su cintura.
En toda mi vida, entre hombres de mi edad, solo había tenido contacto cercano con Antonio.
Aunque había diseñado ropa para clientes masculinos antes, siempre dejaba que otros diseñadores tomaran las medidas, nunca lo hacía yo misma.
Al abrazarlo, él bajó levemente la cabeza y su aliento cálido rozó mi mejilla y oído, haciendo que mi corazón perdiera ene se instante el ritmo.
Su aroma limpio a bosque y hierba fresca me envolvió, igual al del pañuelo que me había dado.
No sé por qué, pero mi corazón latía cada vez más errático, como si tuviera un fuego ardiendo frente a mí que me abrasara por completo.
¡Y aún faltaba medir la cadera después de la cintura!
Un abrazo cara a cara era demasiado íntimo. No tuve el valor suficiente de ponerme frente a él otra vez, así que lo rodeé por detrás para medir su cintura y cadera.

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