Me reí resignada y levanté la mano para jurar: —Te lo prometo, no diré ni una palabra. ¡Si rompo mi promesa, que me vaya mal en todo por los próximos diez años!
—Tranquila —dijo Sofía dándole palmaditas en el hombro a Mariana—, la conozco hace años y si algo tiene, es que cumple sus promesas.
Le lancé una mirada fingiendo enojo: —¡Sofía, repite eso! ¿Acaso es mi única virtud?
—¡Jajaja! —Sofía se rió y me miró de arriba abajo—. Ah, y también tienes un cuerpazo.
La perseguí para pegarle en broma.
Me dejaron frente al edificio de la empresa y se fueron.
Al dar la vuelta para entrar, se me borró la sonrisa del rostro.
Sabía que Lucas enfrentaría mucha presión por estar conmigo, pero escucharlo directamente me resultaba difícil de aceptar.
Me dolía por Lucas, me sentía culpable y completamente impotente.
Porque en este momento no tenía forma de cambiar la situación.
¿Acaso debería hacer como Daniela, ir seguido a casa de los Montero, tratar de ganarme a don Jorge y Elena?
Primero, no va con mi personalidad, me cuesta trabajo decir esas cosas solo para caerle bien a los mayores.
Segundo, aunque pudiera hacerlo, ¿funcionaría con don Jorge y Elena?
¿No pensarían que solo me interesan la fortuna y el poder de los Montero, que al ver la competencia intento ganarme su simpatía para no soltar a Lucas?
Si piensan así, cuanto más me esfuerce, más me despreciarán.
Seguía dándole vueltas cuando a las tres de la tarde Lucas vino a recogerme para ir al aeropuerto.
La empresa había dispuesto dos camionetas para llevar a los colegas que viajaban juntos.
No me fui con ellos, sino en el auto de Lucas.
—Este es Adrián, él irá contigo —me presentó Lucas a su guardaespaldas apenas me senté.

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