Alana forzó una sonrisa, reprimiendo la indignación que le hervía por dentro, y respondió:
—No le quito más su tiempo. Con permiso.
Al darse la vuelta, vio que Marcos, el asistente, estaba plantado en la puerta, bloqueándole el paso.
—El ministro no te ha dado permiso para retirarte —le advirtió con firmeza.
Alana se mordió el labio y decidió soltar toda la verdad de una vez por todas:
—No soy ninguna espía. Su sobrina, Yara, se robó los datos de mi investigación sobre la Fotolitografía Avanzada. Vine a verla precisamente por eso.
Tal y como lo esperaba, Caleb no mostró la más mínima reacción. Sus dedos tamborileaban con ritmo sobre el escritorio, como si el fin del mundo no fuera asunto suyo.
Después de un largo silencio, preguntó con total desinterés:
—¿No llegaron a un acuerdo? ¿No te gustó la cantidad que te ofreció?
Alana frunció el ceño, sintiéndose asqueada. Era como si el poder y el dinero de ese hombre le hubieran dado una bofetada en la cara.
—No llegamos a ningún acuerdo —le contestó con sarcasmo—. Al fin y al cabo, la justicia no tiene precio.
La habitación quedó sumida en un silencio absoluto, tan pesado que parecía el preludio de una tormenta. Alana apenas respiraba, con el corazón latiéndole a mil por hora.
—Qué estupidez acabas de decir —masculló Marcos con desdén—. Ni siquiera sabes dónde estás parada y te atreves a declararle la guerra a TecnoNúcleo y a la Corporación Águila.
Y era verdad. TecnoNúcleo pertenecía a la Corporación Águila, y la Corporación Águila era de los Lozano.
Alguien como ella, una absoluta don nadie, atreviéndose a desafiar a la familia del ministro de Seguridad Nacional.
Era un suicidio absoluto.
Alana esbozó una sonrisa de total indiferencia.
Ella, que ni siquiera sabía cuánto tiempo le quedaba de vida, no tenía absolutamente nada que perder.

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