—No estoy pidiendo un informe de viabilidad —replicó Caleb con voz gélida.
Alana se quedó paralizada por un segundo. El descontento en sus palabras era evidente, pero intentó mantener la calma y le explicó:
—El Microprocesador Táctico nunca ha requerido especificaciones extremas; lo fundamental es su estabilidad y que podamos fabricarlo nosotros mismos. Ahora, el objetivo es convertirlo en un microchip, lo que implica mejorar su rendimiento sin sacrificar esa estabilidad. Lograr confirmar su viabilidad a estas alturas ya es un excelente punto de partida.
—Además, el siguiente paso requerirá simulaciones masivas de datos en el laboratorio, un volumen de trabajo enorme que no se resuelve de la noche a la mañana. Y siendo realistas, con la tecnología de Fotolitografía Avanzada actual en el país, la producción nacional masiva todavía no es una opción a corto plazo. Así que, por más que presiones, de nada servirá.
Al escuchar esto, Caleb cerró la laptop de golpe y levantó la mirada, clavando en ella unos ojos fríos y penetrantes.
—La doctora Aguirre juraba y perjuraba que podría completar la actualización generacional antes de que los equipos de TecnoNúcleo entraran en producción masiva. ¿Y ahora resulta que no hay prisa?
Alana se quedó sin palabras. Fue entonces cuando comprendió que su bravuconada del pasado era exactamente lo que la había puesto en la mira de este hombre.
Encerrarla en esta casa no era otra cosa que una prueba para medir sus verdaderas capacidades.
Y ahora, le estaba cavando una fosa enorme, empujándola a saltar.
Si retrocedía, perdería toda su credibilidad y dignidad.
Si saltaba hacia adelante, lo más probable es que se dejara la vida en el intento.
Maldijo internamente su impulsividad de aquellos días.
Su cerebro trabajaba a toda máquina, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Decidió retroceder y adoptar un tono más sumiso.
—Lo que dije en el pasado... ya ni siquiera lo recuerdo. Solo fueron... palabras dichas por el coraje del momento.
Caleb dejó la computadora a un lado. Su mirada, afilada como un bisturí, la analizó a través de los cristales de sus gafas, como si cualquier mentira o excusa fuera incapaz de ocultarse ante él.
—¿Me estás diciendo que mi juicio falló y elegí a la persona equivocada?
Fue una frase pronunciada en un tono casi inaudible, pero cayó sobre ella con el peso de una montaña, dejándola sin aliento.
Alana tragó saliva, sintiendo que la ansiedad le oprimía el pecho. Solo quería terminar con esta pesadilla de una vez por todas.

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