“Qué grave y qué nada, si al final es tener alguna aventura por ahí. Todos los hombres son así, y más si hablamos de alguien como Alejandro, ¿qué más da si encuentra diez o quince amantes?” Mariana hablaba con una convicción profunda, “Valentina, hazle caso a tu tía, regresa y quédate tranquila en tu lugar, con dinero más que suficiente para gastar, y de paso nosotros también nos beneficiamos un poco.”
Valentina frunció el ceño, “Lo siento, tía, pero no comparto tu opinión. La lealtad es fundamental en el matrimonio. Si ni siquiera puede serme fiel, ¿de qué sirve forzar una relación que ya está muerta?”
“Todo lo que digo es por tu bien, ¡y ahora me sales con lecciones!” Mariana rodó los ojos, “Si te divorcias, no solo te quedaras sin nada, sino que también enfadaras a Alejandro. ¿Ves? Ya está molesto, ¡y hasta nosotros pagamos las consecuencias!”
“No dejaré que ustedes se vean afectados,” le dijo Valentina levantándose, “Mejor me voy a mi cuarto.”
“Valentina, espera, todavía no he terminado de hablar.”
“¿Ya terminaste?” Rafael intervino, sujetando a su esposa, “Val ya dijo que se encargará de eso, no nos involucrará.”
“Solo quiero lo mejor para ella.”
“Val no lo necesita.”
Cerrando la puerta de su habitación, Valentina dejó atrás aquellos comentarios.
Sabía que Alejandro era un hombre obstinado, y probablemente buscaría complicarle la vida, pero no quería arrastrar a otros en el proceso.
Rápidamente hizo las maletas y salió con su equipaje.
“Val, ¿a dónde piensas ir?” Rafael se acercó, preocupado.
“Tío, no puedo seguir aquí,” le explicó Valentina, “Si me voy, Alejandro no tendrá cómo molestarlos.”
Rafael suspiró, “Es mi culpa por no poder apoyarte más.”
“No, yo soy quien los ha puesto en esta situación.”
“Val, cuídate mucho.”
“Lo haré.”

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