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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 172

Gisela acomodó el sobre con documentos en su lugar y apoyó las manos sobre las rodillas.

Lo que para muchos era solo un sueño, Romina ya lo tenía desde hace tiempo: familia influyente, belleza, estudios, trabajo, admiradores… Todo eso era suyo, además del amor de su pareja y la aceptación de la familia de él.

Toda su vida parecía un guion perfecto, la protagonista indiscutible de una historia de éxito.

Deslumbrante, envidiable.

Era, sin duda, una consentida de la vida.

No eran pocos los que la llamaban así. Amigos, conocidos, hasta seguidores en redes sociales la apodaban la gran protagonista, la “reina” de su propia historia.

Por primera vez, Gisela sintió cómo la envidia se le colaba al corazón.

También podía sentir celos, también podía no resignarse.

Nació en una familia humilde: su padre era el chofer de los Tovar y su madre, la empleada doméstica. De no ser por su papá, quizá jamás habría tenido contacto con personas del nivel de Nelson y Romina.

Y aunque los conociera, ese contacto solo fue posible porque su padre prácticamente entregó la vida por ello.

Y, aun así, nunca podría ser parte real de ese mundo.

Gisela jamás tuvo intenciones de dañar a nadie. Siempre actuó con rectitud, sin hacerle mal a los demás.

Por eso, no entendía por qué alguien como Romina—capaz de perjudicar a otros y a sí misma—podía empezar y acabar tan bien.

Y lo peor: el accidente de su hija, causado directamente por Romina.

¿Y qué? No hubo consecuencia alguna para ella.

Un dolor agudo le atravesó el corazón, al punto de ponerla pálida y hacerla temblar.

En ese instante, Nelson abrió la puerta, y Gisela aspiró hondo, con fuerza.

Para que Nelson no notara nada raro, giró la cabeza hacia la ventana y respiró hasta calmarse.

Solo entonces se atrevió a mirar de reojo las frutas que Nelson había dejado en el asiento trasero del carro.

Todas eran frutas ácidas, seguro para ayudarle a Romina a lidiar con las náuseas del embarazo.

El resto del camino, Nelson manejó rápido, con prisa.

Gisela sabía bien de dónde venía esa urgencia, pero no le molestó. De hecho, ella también quería llegar cuanto antes.

En cuanto Nelson detuvo el carro frente al edificio donde vivía, Gisela bajó en un segundo, sin mirar atrás.

Por eso, no se dio cuenta de que Nelson no arrancó enseguida, sino que contestó otra llamada.

Era su asistente personal.

—Señor Nelson, ya logré contactar a los organizadores de Sinfonía del Mar. Aceptaron agregar un cupo más para el concurso, pero necesitan confirmación pronto para anunciar a los participantes.

Nelson se quedó pensativo un momento.

Miró hacia donde Gisela se había ido, y contestó con voz grave:

—No hace falta.

El asistente dudó:

—¿Tampoco lo requiere la señorita Gisela? Los organizadores estaban en aprietos, pero aceptaron solo porque usted lo pidió. Quizá quiera consultarle a la señorita Gisela…

Nelson interrumpió:

—No, ella ya está inscrita.

El asistente cambió el tono de inmediato:

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