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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 182

Romina tenía un don especial para controlar cada detalle, incluso su voz vibraba entre la tristeza fingida, la supuesta generosidad y una pizca de impotencia. Sabía cómo sonar indefensa sin dejar de parecer digna. Era justo el tipo de tono que muchos hombres encontraban irresistible y, lo peor de todo, nunca les cansaba.

Sus ojos comenzaban a humedecerse, a punto de soltar lágrimas.

—Nelson, ¿me puedes decir quién fue? —preguntó, la voz quebrada pero adorable.

Nelson levantó la mano y envolvió la de Romina entre las suyas, cálidas y firmes, transmitiéndole una falsa seguridad. Cuando habló, su tono fue bajo y distante, como si no estuviera hablando de alguien importante.

—Fue Gisela.

Las pestañas de Romina temblaron.

—Así que fue Gisela —dijo, bajando la voz de manera delicada—. ¿Ella también vino?

Nelson asintió, sin molestarse en dar más explicaciones.

Romina mantenía la sonrisa y el porte sereno, pero por dentro una tormenta la sacudía. Otra vez Gisela. Siempre era ella. ¿Por qué Gisela tenía que estar en su camino una y otra vez?

Apretó el puño con tanta fuerza que las uñas casi le perforaban la palma.

—Recuerdo que no le mandaron invitación a Gisela, ¿no habrá problemas por eso?

Nelson respondió de manera seca:

—Ignórala.

Romina bajó la mirada, pero en sus ojos se dibujó una sombra calculadora.

—Entonces, más le vale esconderse bien. Si alguien se entera de que vino sin invitación, la van a sacar a patadas —susurró, con una sonrisa apenas perceptible.

...

En la sala de descanso, Gisela estaba sentada en el sofá esperando. Miraba la puerta de vez en cuando, pero el tiempo pasaba y nadie llegaba. Media hora después, empezó a preguntarse si Nelson en realidad había tomado en serio su pedido de traer a Eliana. Tal vez ni siquiera se había molestado.

Gisela se dio un golpecito en la cabeza y frunció el ceño.

—¿Cómo fui tan tonta como para creer que Nelson me ayudaría? —murmuró—. Mejor salgo yo misma a buscarla.

Apenas se puso de pie, escuchó ruido junto a la puerta: alguien la abría y se oía una voz.

—¿Quién me anda buscando? Qué misterio, ¿qué no podían decírmelo de frente?

Gisela entrecerró los ojos. Era Eliana. Así que Nelson sí la había hecho llamar. Rápidamente, Gisela se escabulló hasta la entrada, apagó todas las luces y se escondió detrás de la puerta, lista para sorprenderla cuando entrara.

—Clac—

Eliana abrió la puerta apenas una rendija.

Acurrucada y temblando, Eliana no se atrevía a mirar arriba.

—Por favor, yo no he hecho nada malo... No vengas por mí... busca a otra persona... —balbuceaba, al borde del llanto.

Gisela sonrió de medio lado, una mueca cargada de sarcasmo.

Forzó la voz para que sonara aguda y espeluznante.

—Has hecho demasiadas cosas malas. El mismísimo diablo me mandó por ti.

Eliana tembló aún más, la voz se le quebró.

—No... no es cierto, yo no... no vengas, por favor...

Gisela insistió, sin compasión:

—Fuiste tú, la que puso veneno en las brochetas en la entrada de la escuela y por tu culpa me morí envenenada.

Eliana negó con la cabeza, desesperada.

—¡Yo no hice eso! ¡Te juro que no hice nada de eso!

—Fuiste tú —repitió Gisela, arrinconándola más—. En el puesto de brochetas, tú pusiste el veneno. Yo lo comí y por eso morí.

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