—Ya verán, seguro que no es Gisela. Si resulta que sí, entonces yo…
—¿Entonces qué vas a hacer? —preguntó alguien con curiosidad, metiéndose en la conversación.
—Ya pasé a la siguiente ronda. Si Gisela también pasa, renuncio al concurso en este instante.
—¡Vaya! ¿Así de seguro estás?
—Por supuesto.
Gisela miró en dirección a quien había hablado, sus ojos reflejaban calma absoluta y su expresión era tan serena que ni una sola emoción se asomaba en su cara.
Sara levantó el mentón y, con una mirada seria y firme, barrió todo el público desde el escenario antes de hablar con voz grave.
—¿Qué tanto alborotan? Guarden silencio, por favor.
Dejó a un lado la lista que tenía en la mano y tomó el micrófono del atril.
—He repetido varias veces que en Sinfonía del Mar la justicia y la transparencia están por encima de todo. Los resultados de esta primera fase son el reflejo de eso: no hay favoritismos ni trampas.
—Aquí no nos importa de dónde vienen, ni quiénes son sus padres, ni si tienen algún conocido entre nosotros. En Sinfonía del Mar no hay puertas traseras ni palancas.
—Pero si tienen alguna inquietud sobre los resultados, ya pueden acudir con el comité organizador. Ellos y los jueces siempre les darán una explicación razonable.
Gisela comprendía que Sinfonía del Mar había alcanzado tanto prestigio justamente porque el comité y los jueces jamás se habían dejado corromper. La competencia era limpia, en verdad.
La voz de Sara sonaba segura y confiada. De alguna manera, Gisela comenzó a vislumbrar el resultado en su interior.
El anuncio del nombre en la posición sesenta y cuatro se hacía esperar y la inquietud se sentía en el aire. El público guardó silencio, como si todos los ojos estuvieran fijos en Sara, esperando ese nombre.
Sara levantó la vista y buscó entre las filas del fondo.
Tal vez fue casualidad, o quizás todos habían decidido apartarse de ella, pero lo cierto es que Gisela era la única sentada en la última fila, completamente sola, como una isla en medio del mar de sillas vacías.
Sara recordó el nombre que acababa de leer en la lista y le dedicó una sonrisa apenas perceptible.
—El lugar número sesenta y cuatro…
—¡Esto seguro estuvo arreglado!
El hombre, visiblemente molesto, giró hacia Gisela, la señaló con el dedo y su voz retumbó en la sala.
—¿Cómo es posible que Gisela haya pasado? ¡Con ese nivel ni de chiste debió llegar a la siguiente ronda! Yo toco mucho mejor que ella y ni siquiera pasé. Aquí hay gato encerrado, ¡eso es seguro!
—No acepto este resultado.
El hombre también apuntó directamente hacia los jueces y a Sara, apretando los dientes.
—¡Alguien entre ustedes conoce a Gisela! Voy a presentar una queja ante el comité.
No era el único; otros concursantes eliminados se pusieron de pie, formando un grupo ruidoso y desafiante. Por sus caras y palabras, ya daban por hecho que Gisela se había aprovechado de algún contacto para avanzar.
Algunos no perdieron la oportunidad de voltear a ver la reacción de Gisela, esperando encontrarla abatida, nerviosa o incluso asustada.
Pero Gisela ni se inmutó. Sentada en su lugar, su expresión seguía tranquila, como si todo aquello no le afectara en lo más mínimo. Sus ojos, serenos y claros, observaban a quienes la acusaban de hacer trampa como si solo estuviera viendo a un grupo de niños haciendo berrinche.

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