Gisela arrugó la frente, luego dio un paso al frente.
Al hacerlo, la distancia entre ella y Saúl se acortó notablemente.
Ahora que estaban tan cerca, Gisela pudo ver cómo algunas gotas de agua caían de las puntas mojadas del cabello de Saúl, deslizándose por su cuello y perdiéndose bajo la toalla que llevaba sobre el hombro.
Saúl solo llevaba puesto un traje de baño, pegado a sus muslos por el agua, todo su cuerpo empapado. Sus ojos, astutos como los de un zorro, brillaban bajo la luz tenue.
Gisela jamás había visto a Saúl tan desinhibido, tan dispuesto a mostrar lo suyo como un pavo real desplegando las plumas. Por un segundo, la imagen la desconcertó.
Aprovechando ese breve titubeo, Saúl dejó escapar una risa suave, aunque no parecía demasiado interesado en el fondo.
—Señorita Gisela, si me miras así, voy a pensar que te traigo loca.
Gisela apenas esbozó una mueca de desdén; su voz sonó cortante:
—Te daría un consejo, Saúl: en el mercado de la carne seguro te va bien.
En cuanto terminó de hablar, se escucharon algunas risitas apagadas alrededor.
Pero Saúl ni se inmutó por la burla y también soltó una risa baja.
—Gisela, me da curiosidad saber: si decido ponerte las cosas difíciles, ¿el comité de Sinfonía del Mar seguiría de tu lado?
El gesto de Gisela se endureció.
Saúl era uno de los inversionistas de Sinfonía del Mar. Si él realmente decidía complicarle la vida, dudaba que el comité la respaldara como antes.
De reojo, Gisela notó que la puerta principal seguía abierta.
Sin dudarlo, se dio la vuelta para marcharse.
Saúl avanzó en zancadas y le sujetó la muñeca, poniéndose justo frente a ella. Apenas los separaban veinte centímetros.
Estaban peligrosamente cerca.
Tan cerca que Gisela podía percibir el aroma de Saúl, tan cerca que al levantar la mirada, sus ojos chocaron con el pecho de él, marcado y húmedo, con gotas de agua resbalando que no lograban apagar el calor que emanaba de su cuerpo.
Gisela frunció el ceño y quiso retroceder, pero Saúl la atrajo de nuevo, acortando aún más la distancia entre ambos.
Con fastidio pintado en la mirada, Gisela soltó:
—Saúl, deja de andar queriendo llamar la atención donde sea.

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