A través del agua, Gisela escuchó los gritos de sorpresa de la gente en la orilla.
Su cuerpo se hundía poco a poco. Alcanzó a ver a un grupo de personas corriendo hacia el lugar, pero la refracción del agua distorsionaba sus caras y gestos, volviéndolos irreconocibles.
Sin embargo, distinguió perfectamente la expresión de quien iba al frente.
Tenía el semblante oscuro, las cejas marcadas y una mirada tan filosa que parecía cortar el aire. Los labios apretados, los rasgos tensos, el gesto contenido, pero con una ansiedad desesperada asomando bajo la superficie. Sus ojos negros, profundos e intensos, evocaban la mirada de un águila: afilada y penetrante.
Era Nelson.
La cabeza de Gisela tardó en reaccionar, como si sus pensamientos se desplazaran a través de la niebla.
¿Por quién estaba tan angustiado Nelson?
¿Era por ella... o por Romina?
Romina estaba justo a su lado, moviendo los brazos y las piernas en el agua, pidiendo ayuda con la voz entrecortada.
—¡Ayúdenme, por favor! ¡Ayúdenme!
La mente de Gisela se volvió cada vez más confusa, el aire le faltaba y la conciencia se le escapaba como arena entre los dedos.
Por un instante, todo frente a ella se deformó y sintió que el tiempo retrocedía.
En el pasado, Nelson también se había angustiado así por ella.
Fue cuando comenzó a aprender a nadar en la casa de los Tovar. La familia había contratado a un instructor, uno de esos que se jactan de haber estudiado en una universidad famosa, pero a Gisela ni le importaba eso ni entendía de títulos.
Tampoco se percató del desprecio oculto en la mirada del instructor.
Así, esa tarde, él la dejó olvidada en la piscina.
No había nadie cerca.
Ella no sabía qué hacer, así que solo se aferró al salvavidas y se movió con cuidado, como si cada metro fuera un territorio desconocido.
No entendía que quedarse tanto tiempo en el agua podía provocar calambres.
Cuando las piernas se le acalambraron, el dolor la hizo temblar entera. Se puso pálida, y hasta los brazos le fallaron; apenas podía sostenerse del salvavidas, sintiendo cómo su cuerpo se hundía poco a poco.
Desesperada, agitó brazos y piernas, el agua entró por su boca y su nariz, tragó tanta agua de la piscina que el estómago se le revolvió, las piernas le temblaban de dolor.
Luchó durante un buen rato, pero el esfuerzo la agotó. Miró cómo el agua cubría su boca y nariz, y el aire en los pulmones se le acababa.


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