La voz de Nelson, a decir verdad, era bastante agradable. Muchos amigos suyos solían bromear diciendo que, si algún día se quedaba sin trabajo, podría dedicarse a ser actor de doblaje; seguro que conseguiría un montón de fans solo por el tono de su voz.
Sin embargo, para Saúl, aquella voz solo le traía más fastidio.
Si Nelson hubiera manejado bien la situación con Gisela, Romina no habría tenido que pasar por semejante humillación.
En resumen, Nelson no era precisamente una víctima.
Saúl, ya harto, interrumpió a Nelson de forma abrupta.
—Ya sé qué hacer, no necesito que me lo digas.
Le lanzó una mirada a Romina y, después de una corta pausa, bajó el tono.
—Ahora Romina te necesita más a ti. Acompáñala al hospital. Yo llevo a Gisela a la comisaría.
Al decir esto, le lanzó una advertencia a Nelson con la mirada.
—Más te vale cuidar bien de Romina. Si no, te las verás conmigo.
—Está bien —respondió Nelson, sin objetar.
Apenas terminó de hablar con Nelson, Saúl notó que algo andaba mal con la mujer que tenía agarrada del brazo.
Gisela parecía haberse quedado sin fuerzas, como si todo su cuerpo se hubiera vuelto de trapo. Ni siquiera levantaba la cabeza; solo se dejaba caer, y Saúl apenas podía sostenerla con una mano.
Él pensó que Gisela tenía otro de sus trucos para ganarse su compasión.
Arrugó la frente y soltó una risa burlona.
—¿Te asustaste nada más escuchar la palabra ‘comisaría’, Gisela? No te hagas la víctima. Te voy a llevar de todas formas.
Volvió a tirar de su brazo con fastidio.
—Párate bien, no pienso ayudarte a caminar.
Dicho esto, soltó su mano.
Frente a sus ojos, Gisela se desplomó sin fuerzas en el suelo. Su cabello negro le cubrió el rostro y quedó completamente inmóvil, tirada ahí.
Los dos hombres fruncieron el ceño.
Saúl ni siquiera se movió, solo masculló, irritado:
—Gisela, si vas a hacerte la desmayada, al menos échale ganas. Eso lo dejé de hacer cuando estaba en la secundaria.
Gisela no respondió.
Por un momento, Saúl sintió una punzada de inquietud y subió la voz.
—¡Gisela, ya basta! ¡Deja de fingir!
Pero ella seguía tendida, sin responder, como si el mundo le diera igual.
Nelson, que hasta ese momento se mantenía impasible, dejó ver una sombra de preocupación en los ojos.
Saúl lo miró, dudando, y después se adelantó. Levantó el pie y le dio un toque con la punta del zapato en la pierna de Gisela.
—¿Ahora con qué sales, Gisela?
Nada. Silencio absoluto.
—Esto no me gusta nada —comentó Nelson.
Se acercó y, con una mano firme, levantó a Gisela por los hombros.
El cabello mojado cayó hacia un lado, dejando ver su cara pálida y sin una gota de color, donde además se notaba una marca rojiza de una bofetada.
Gisela tenía los ojos cerrados y parecía no respirar.
Nelson la sacudió suavemente, tratando de hacerla reaccionar.
—Gisela.
Su cuerpo se movía con la sacudida, los brazos colgaban a los costados y la cabeza se giraba sin control, como si no tuviera fuerzas para sostenerse.
Saúl abrió los ojos de par en par.
—¿Por qué pasa esto? Romina no se desmayó, ¿y ella sí?
Nelson bajó la mirada, sin mostrar emociones, y habló en voz baja.
—Ella le tiene pavor al agua. No sabe nadar.
Saúl se quedó sin palabras.
Recordó el momento en que Romina y Gisela cayeron al agua. Todos corrieron a ayudar a Romina, incluso Nelson.
Jamás le había ocurrido algo así. Por culpa de Gisela, ambos la estaban ignorando.
Era la primera vez.
Romina se pellizcó el brazo y forzó una tos.
—Nelson, Saúl, ¿qué pasa?
Saúl levantó la cabeza de inmediato y se acercó.
—No es nada grave. Gisela se desmayó, la llevaremos al hospital.
Romina, con el ceño fruncido, fingió preocupación.
—¿Por qué se desmayó? ¿Está herida?
Saúl le replicó:
—Todavía tienes tiempo de preocuparte por ella. Mejor ocúpate de ti. Mira cómo se te ve la cara, toda pálida.
Romina apretó los labios y sonrió leve.
—Te preocupas demasiando por mí. Me salvaron a tiempo, no me pasó nada. No te angusties.
Ella pensó que esas palabras bastarían para romper el hielo entre ambos y recordarle a Saúl lo valiosa que era para él.
Pero la expresión de Saúl se ensombreció aún más.
Romina no pudo evitar fruncir el ceño.
—¿Qué te pasa?
Saúl contestó con un tono bajo.
—Nada.
Lo que pasaba era que no podía dejar de pensar en Gisela, ignorada y sin nadie que la ayudara.
Si él hubiera estado en su lugar, no lo habría soportado.
Pero, al pensarlo mejor...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza