La enfermera, al sentir una calidez repentina en el pecho, respondió apurada:
—No hay de qué, es parte de nuestro trabajo.
No había pasado ni medio minuto desde que la enfermera salió cuando la puerta del cuarto se abrió desde afuera y un bullicio de pasos se coló en la habitación.
Gisela levantó la mirada con tranquilidad.
Vio entrar a una pareja de policías acompañados de Nelson y Saúl, quienes se acercaron hasta quedar al pie de su cama.
Gisela se fijó detenidamente en los rostros de ambos hombres.
A pesar de haber pasado toda la noche, Nelson y Saúl seguían con ese aire sombrío y tenso, como si no hubieran podido dormir ni un segundo.
Gisela enderezó la espalda y, con serenidad, miró a los policías.
—Buenos días.
Ambos policías se sorprendieron un poco.
La verdad, antes de llegar, ya les habían contado el asunto: al parecer, una chica de preparatoria, por un asunto de amores, había empujado a la novia de su enamorado a la piscina.
Ellos estaban ahí para investigar lo sucedido.
Para ser francos, cuando escucharon la historia por primera vez, ninguno de los policías se dejó llevar por los comentarios ni juzgó mal a Gisela solo por lo que decían los demás.
Habían visto infinidad de veces cómo el verdadero culpable trataba de culpar a otros. Su deber era distinguir la verdad y desenmarañar los hechos.
Eso sí, en la mayoría de los casos, cuando llegaban, la gente solía entrar en pánico, hablando atropelladamente y con confusión, y casi siempre tenían que calmarlos antes de poder conversar en serio.
En especial, los señalados como sospechosos solían estar aún más alterados.
Ahora, justo frente a ellos, estaba la chica de la que hablaban: la supuesta sospechosa.
Tan joven, con una carita aún inocente, pero en sus ojos no había ni sombra de miedo; al contrario, los miraba con una calma asombrosa y hasta los saludó, como si la presencia de los policías no le afectara en lo más mínimo.
La mujer policía, después de su asombro inicial, le sonrió de forma tenue, buscando tranquilizar el ambiente, y preguntó con voz suave:
—¿Te sientes bien?
Gisela contestó sin rodeos:
—Estoy bien. Si me van a preguntar algo, háganlo de una vez, tengo prisa.
—¿Tienes algún otro compromiso? —preguntó la mujer policía.
—Tengo una competencia muy importante en la que debo participar —respondió Gisela, firme.
La policía quedó pensativa un instante.
—Está bien, no tienes que ponerte nerviosa. Solo estamos aquí para averiguar lo que pasó. Si eres inocente, no tienes por qué preocuparte.
—Entiendo —dijo Gisela.
Al levantar la mirada, se cruzó de golpe con los ojos de Nelson y Saúl.
Ambos le lanzaron miradas difíciles de descifrar, ni buenas ni del todo malas, pero Gisela pudo ver con claridad que seguían convencidos de que ella había sido la culpable de que Romina cayera al agua.
Gisela apartó la mirada con indiferencia.
La mujer policía se sentó en la silla junto a la cama, sacó su libreta y un bolígrafo.
—Gisela, quiero que nos cuentes exactamente lo que pasó. Tómate tu tiempo y platícanos los hechos.
Gisela asintió, se acomodó y, con una voz seria, comenzó su relato.
—Yo solo iba pasando junto a la piscina cuando Romina me agarró de la mano y empezó a decirme cosas. Intenté soltarme, pero ella no quería soltarme.
—Fue ella quien se lanzó al agua, y al hacerlo, siguió sujetando mi mano. Por eso terminé cayendo yo también.
Apenas terminó de hablar, Saúl se adelantó furioso, levantando la voz con rabia:
—¡Gisela, no digas tonterías!

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