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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 227

Los ojos negros de Nelson se clavaron intensos en Gisela durante unos segundos; después, sin decir palabra, se dio la vuelta y salió del cuarto.

Saúl arrugó la frente, las cejas apretadas, una sombra de duda en su mirada. Al ver que Nelson se marchaba, no dudó en seguirlo.

De pronto, Saúl se detuvo en seco y, lanzándole una mirada seria a Gisela, advirtió:

—Por cierto, si la investigación de la policía demuestra que fue tu culpa, tendrás que pedirle perdón a Romina. Pero de verdad, con el corazón.

Gisela lo miró sin miedo, la voz tranquila y firme:

—Eso por supuesto.

Luego se recostó de nuevo bajo las sábanas.

—Váyanse.

Desde que Nelson y Saúl entraron a la habitación, el ambiente había permanecido en completo silencio, y así siguió hasta que se fueron.

Gisela permanecía tumbada en la cama, y aunque no abría los ojos, podía sentir cómo varias personas en la habitación la observaban de reojo.

Pasaron varios minutos hasta que, poco a poco, regresó el murmullo de las pláticas al cuarto. Sin embargo, quizá por la tensión en el ambiente, las voces se escuchaban mucho más bajas que antes.

Gisela escuchaba esas conversaciones dispersas. No alcanzaba a distinguir si hablaban de ella, pero igual no lograba conciliar el sueño.

Terminó por abrir los ojos y sentarse. Ese solo movimiento hizo que todos se callaran de golpe, y el aire se volvió denso otra vez.

Pasaron varios segundos antes de que Gisela notara lo que sucedía. Alzó la cabeza y, con una expresión sosegada, recorrió con la mirada a todos los presentes.

—No se preocupen por mí. Sigan con lo suyo.

Aunque Gisela lo dijo con naturalidad, los demás se quedaron mirándose entre sí, sin atreverse a contestar. Nadie volvió a hablar, y hasta dejaron de hacer lo que estaban haciendo.

Gisela no tenía ánimo para fijarse en ellos. Bajó la mirada, concentrándose en sus propios dedos, mientras su mente era un torbellino que no lograba ordenar. No sabía bien qué hacer.

De pronto, la voz de una mujer interrumpió el silencio.

—Oye, ¿tú eres alumna del Colegio Pilares del Futuro?

Gisela levantó la cabeza, despacio. Vio a una mujer de mediana edad parada junto a la cama de al lado. Sostenía un jugoso y reluciente manzana, con la mitad de la cáscara colgando.

—¿En serio?

Los demás pacientes del cuarto, curiosos, se acercaron un poco, queriendo escuchar qué más pasaba.

La mujer, animada, empezó a contar la historia con lujo de detalles, echándole mucha salsa al taco: cómo Gisela había sido valiente, inteligente y decidida, llorando y gritando hasta que logró recuperar la cama de la abuelita de su compañera, todo arrebatado de las manos de unos “malos”.

La narración era tan exagerada que Gisela parecía de esas protagonistas de novela que sufren un montón pero nunca pierden la bondad.

Gisela terminó llevándose la mano a la frente, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas. Las palabras de admiración de los demás la hacían sentirse aún más incómoda, y cuando escuchó a la mujer decir que le había dado una paliza a ocho tipos, no pudo más y la interrumpió:

—Tampoco fue para tanto. Están exagerando un montón.

Pero la mujer negó con la cabeza y soltó, convencida:

—¿Cómo no? No seas tan modesta, fue exactamente así.

—Eres una buena chica, de verdad que nos encanta tu forma de ser.

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