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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 244

Frunciendo el entrecejo, Gisela habló con dificultad:

—Nelson, ¿estuviste tomando?

Nelson no le contestó directamente. Con la voz áspera, solo dijo:

—¿No te advertí que no pusieras en aprietos a Romina?

Gisela apretó los puños y forzó una media sonrisa:

—¿Cuándo la puse en aprietos? Yo solo mostré la grabación de las cámaras, nada más.

La mano de Nelson, que sujetaba su mentón, apretó con más fuerza. Su voz, baja y áspera, sonó a advertencia:

—Gisela, tienes agallas, ¿eh? Incluso frente a mí te atreves a meterte con Romina.

La voz de Nelson era tan tranquila que a Gisela se le revolvió el estómago; sentía el corazón apretado.

Ambos estaban tan cerca que Gisela apenas podía respirar.

Levantó el brazo, formó un puño y golpeó con fuerza el hombro de Nelson:

—¡Suéltame!

Nelson no contestó. Dio un paso al frente, acorralándola por completo contra la pared, dejándola sin manera de zafarse. Sus cuerpos terminaron pegados, tan juntos que sus respiraciones se mezclaron.

El olor a alcohol que emanaba de Nelson se hacía cada vez más intenso.

Gisela, algo descompuesta, bajó la mirada, pero Nelson le levantó el mentón a la fuerza.

Gisela cerró los ojos, sabiendo que si los abría, vería los ojos de Nelson a centímetros de los suyos.

No quería estar tan cerca de él.

Eso solo le traía a la mente aquellos días de su vida pasada, cuando Nelson la mantenía a su lado, confinada a una cama.

Demasiado caótico. Demasiado sofocante.

Nelson inclinó el rostro, acercándose poco a poco. El calor de su aliento rozó la mejilla de Gisela.

—Gisela, dime, ¿cómo debería castigarte?

—¿Eh? Dime, ¿no crees que ahora debería usar mis privilegios de patrocinador?

Un escalofrío recorrió a Gisela; incluso se le cortó la respiración. Sus uñas se hundieron en la palma de la mano.

Nelson la estaba amenazando, usando Sinfonía del Mar para presionarla.

Nelson podía hacer lo que quisiera para defender a Romina; Gisela estaba lista para enfrentarlo.

Pero Sinfonía del Mar era diferente.

Ese era su único camino seguro para desvincular a Paloma Paredes de Romina de una vez por todas.

No podía rendirse ahí.

Tenía que llegar a la final, ser junto a Romina una de las favoritas para ganar el concurso.

Nelson no podía arruinarle la competencia.

¡De ninguna manera!

Sabía bien que, si Nelson intervenía, ni los organizadores, por justos y rectos que fueran, podrían oponérsele.

Era posible que todo terminara ahí, sin remedio.

Y ese no era el final que ella quería.

De golpe, abrió los ojos. No distinguía bien la mirada frente a ella.

Escuchó su propia voz, algo ronca:

—Nelson, ¿te preparo una sopa de cebolla para el alcohol? Hace mucho que no tomas la que yo preparo. ¿Todavía recuerdas a qué sabe?

Por un momento, Nelson no reaccionó.

Gisela, con el corazón encogido, murmuró:

En menos de quince minutos, la sopa estuvo lista.

Gisela la sirvió con cuidado en un tazón, lo puso en una bandeja y volvió al cuarto de antes.

Cuando llegó, ya no había nadie afuera.

Gisela ni siquiera tocó. Entró directamente.

Desde la entrada, vio a Nelson sentado de espaldas en el sofá, recostado ligeramente, con una mano apoyada en la sien.

Gisela avanzó en silencio y dejó la sopa sobre la mesa frente a él, murmurando:

—Todavía está caliente, ten cuidado al tomarla.

Nelson, frotándose la sien, soltó un largo suspiro.

Gisela, ya sin más vueltas, tomó la cuchara y se la puso en la mano.

Después, rodeó el sofá y se colocó detrás de él, bajándole la mano de la frente para sustituirla por la suya.

Sus manos, delgadas y suaves, presionaron con delicadeza las sienes de Nelson, masajeando los puntos exactos con la fuerza justa.

Lo había hecho muchas veces antes, sabía perfectamente dónde y cómo hacerlo para que a Nelson le gustara.

Sin pensarlo mucho, Gisela se concentró en la tarea.

Bajó la mirada, observando cómo Nelson, poco a poco, terminaba la sopa que había preparado. No tardó nada en dejar el tazón vacío.

Gisela le preguntó en voz baja:

—¿Te gustó la sopa? ¿Todavía te duele la cabeza?

—Concéntrate, no hables.

Nelson dejó el tazón vacío en la mesa, cerró los ojos y se dedicó a disfrutar el masaje.

Gisela, tal como él quería, guardó silencio y siguió masajeando.

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