Gisela se quedó absorta mirando la falda de Romina. Pasaron varios minutos antes de que por fin lograra volver en sí.
Nelson y Romina ya se habían marchado hace rato. La puerta del cuarto de hospital estaba cerrada, como si nadie hubiera estado ahí nunca.
La falda que llevaba Romina era justo esa prenda que Gisela había deseado durante mucho tiempo en su vida pasada. Incluso la había dejado apartada en su carrito de compras, lista para pedirle al asistente de Nelson que la comprara para ella.
Pero la vida da giros inesperados. Todo cambió de la noche a la mañana.
Esa falda, la que tanto había anhelado, ahora ya nadie se la compraría. Y en su situación actual, ella tampoco podía darse ese lujo.
Ahora Romina la lucía puesta y, como si fuera poco, el hombre que durante años Gisela había guardado en lo más profundo de su corazón, ese mismo hombre estaba esperando un hijo con Romina.
No es que no tuviera dinero para comprarla, sino que cada peso en su tarjeta tenía un destino planeado. No se atrevía a gastar más de mil pesos en una simple falda.
Nelson, quien solía consentirla en todo, le había retirado de golpe todo ese cariño especial. No le dejó ni una pizca.
Solo al ver cómo Nelson trataba a Romina, Gisela se dio cuenta de que todo lo que él le había dado a ella, no era nada comparado con lo que le daba a Romina. Lo suyo apenas era la punta del iceberg.
Más que un cariño especial, fue una limosna disfrazada.
Todavía recordaba las palabras que Nelson le soltó un día:
—No pongas tus ideas enfermizas sobre mí.
Gisela solía imaginar que si no se hubiera enamorado de Nelson, o si hubiera sabido ocultar mejor sus sentimientos, sin que nadie se diera cuenta, quizá su relación con él nunca habría cambiado. Quizá seguirían siendo unos hermanos comunes y corrientes. Incluso pensaba que podría haber llamado a Romina “cuñada” con toda la cortesía del mundo.
Se aferró a esa idea por un tiempo, hasta que Nelson y Romina la destrozaron sin piedad.
En una ocasión, Gisela le preguntó a Romina:
—Romina, ¿acaso está mal que yo y Nelson seamos solo hermanos?
Y fue Romina quien, sin titubear, le respondió:
—No pienso permitir que haya otra mujer tan cercana a Nelson, no importa si es su hermana, su amiga, o lo que sea.


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