Aunque el señor Nelson nunca decía nada cuando la señora le hacía su reporte, ella siempre seguía hablando. Por lo general, se extendía al menos unos diez minutos con cada informe.
A veces, la señora no podía evitar sorprenderse: ¿por qué el señor Nelson quería enterarse hasta del menor detalle de lo que hacía Gisela? En serio, ese hombre quería saberlo todo, como si cualquier asunto relacionado con Gisela fuera crucial.
La primera vez que le tocó reportar, la señora le contó absolutamente todo lo que había averiguado. El señor Nelson no reaccionó.
No importaba lo que ella dijera, su respuesta era siempre igual: ni una sola palabra de más, ni un solo signo de emoción.
En ese momento, la señora pensó que quizá estaba hablando de más, que seguramente su informe era tan innecesario que por eso Nelson se mostraba tan indiferente.
Al día siguiente, decidió cambiar su estrategia y omitió los detalles poco importantes. Esta vez solo mencionó cómo se sentía Gisela, cómo iba la revisión del tobillo y cómo avanzaba su recuperación. El resto lo resumió en unas cuantas frases.
Pero, para su sorpresa, en cuanto terminó su reporte, Nelson notó al instante la diferencia y le dijo:
—Te lo he dicho antes: no omitas ningún detalle.
La voz de Nelson sonó severa, y aunque la señora solo lo escuchaba a través del celular, sentía una presión invisible apretándole el pecho.
Sintió un escalofrío y, de inmediato, añadió un montón de detalles más. Cuando por fin terminó el informe, Nelson se limitó a decir “bien”, y enseguida colgó la llamada.
A partir de ese momento, la señora empezó a contarle absolutamente todo acerca de Gisela, hasta el punto en que sentía ganas de reportar hasta cuántos granos de arroz se había comido en el desayuno.
Fue a raíz de ese episodio que la señora comenzó a sospechar que Nelson, en el fondo, se preocupaba muchísimo por Gisela, aunque no supiera cómo demostrarlo. Por eso, decidió que tenía que aconsejar a Gisela para que le contara a Nelson lo del número desconocido.

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