Gisela tardó un poco en bloquear todos los números desconocidos que la estaban molestando; apenas hubo terminado, las llamadas se detuvieron un instante. Aprovechando ese respiro, se apresuró a marcarle a Sara.
Sara contestó casi de inmediato.
—Gisela, ¿dónde estás ahora? ¿Sigues en el hospital?
—Estoy en el hospital —contestó Gisela sin rodeos—. Maestra Sara, ¿usted me llamó porque alguien expuso lo que pasó conmigo?
Del otro lado de la línea, Sara guardó silencio unos segundos. Cuando volvió a hablar, bajó la voz, como si temiera que alguien la estuviera escuchando.
—Sí, ¿ya te empezaron a llamar, verdad? Mejor apaga tu celular por un tiempo, o saca la tarjeta y consigue un número nuevo. Vi en internet que la gente anda muy alterada, pero no tienes que hacerles caso, enfócate en lo tuyo y listo.
Gisela asintió, aunque Sara no podía verla.
—Está bien, maestra Sara. Pero… ¿a usted también la han estado molestando por teléfono?
Por experiencia, Gisela sabía que los fanáticos extremos de Romina no solo la perseguirían a ella; también buscarían fastidiar a sus conocidos.
Sara tardó un poco en responder, su voz sonaba más apagada:
—Sí, pero solo fueron unos cuantos. Ya los bloqueé y dejaron de llamar. Lo importante es que tú y Romina se mantengan fuera de problemas… cuídate mucho y no te desgastes pensando en lo que dicen esos locos, son gente con problemas, tú ni caso les hagas.


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