Lo único que recibía a cambio era una decepción que se volvía más pesada con cada intento.
Gisela sonrió con cansancio. Al fin, las lágrimas se deslizaron por sus mejillas, resbalando hasta caer al suelo.
—Nelson, creo que, la verdad, sí me equivoqué. No debí esperar nada de ti.
Nelson arrugó la frente, sin decir nada.
Gisela lo apartó con suavidad, recuperando la calma en su expresión.
—Si lo que quieres es que me disculpe, entonces lo haré.
Se inclinó despacio, su voz firme y decidida:
—Nelson, otra vez te pido perdón. De verdad, lo siento mucho.
Se enderezó y lo miró de frente, levantando la mano y dándose una bofetada sin dudarlo.
El rincón del hospital estaba desierto. Todo era tan silencioso que el sonido de la bofetada retumbó en el aire.
Nelson no reaccionó. Sus ojos oscuros seguían fijos en el rostro de Gisela.
Gisela soltó una pequeña risa, cargada de resignación.
—Te duele lo de Romina, ¿verdad? Pues esta bofetada es para ella. Así estamos a mano.
—Solo te pido que, de ahora en adelante, cada quien siga su camino. Que tú y yo no tengamos nada que ver, que no se crucen nuestros caminos.
Nelson seguía en silencio.
Gisela pensó que ni siquiera esa muestra de arrepentimiento había sido suficiente para él.
Así que levantó de nuevo la mano y le preguntó:
—¿Quieres que me dé otra bofetada, Nelson, o ya estuvo?
Dicho esto, estuvo a punto de golpearse de nuevo.
Pero esta vez, la mano nunca llegó a su destino. Nelson reaccionó en el último momento y le sujetó la muñeca con fuerza.
Su voz sonó grave y seria:
—Gisela.
Ella lo miró sin emoción.
—¿Entonces, ya estás conforme? ¿Me dejas ir?
Nelson solo frunció el ceño.
—Es mío.
Recordó que aquel anillo de jade se había hecho pedazos en la escuela. En su momento pensó que lo había perdido para siempre.
Jamás imaginó que alguien lo habría mandado a reparar y se lo devolvería así, intacto.
Aunque la pieza estuvo rota en mil partes, la restauración era tan fina que apenas se notaban las marcas.
Gisela apretó el anillo en su puño, sintiendo cómo el dolor y las injusticias de los últimos días parecían disiparse un poco gracias a ese pequeño objeto.
Seguro había sido Aitana quien lo mandó a reparar.
—Supongo que fue mi mamá quien lo trajo de vuelta, ¿no? —dijo distraída.
La empleada parpadeó, confundida.
—¿Eso cree?
Pero Aitana ni siquiera había regresado ese día. Quien había vuelto era Nelson.
Estuvo a punto de aclararlo, pero Gisela ya se había marchado, así que decidió dejarlo pasar.
Al final, tampoco era algo tan importante.

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