—Vaya, sí que tienes la memoria bien clarita. Pero a ver, ¿todavía te acuerdas de la primera vez que te bajó? Porque fui yo quien te compró tus primeras toallas sanitarias, ¿o ya se te olvidó?
En ese instante, la mente de Gisela se quedó en blanco. El comentario de Nelson la tomó tan desprevenida que, cuando por fin asimiló lo que acababa de oír, sintió cómo el calor le subía por las mejillas hasta arderle la cara. Una mezcla de vergüenza y nervios le recorrió la espalda como un escalofrío, desde los talones hasta la cabeza, dejándola con la piel erizada y los dedos de los pies apretados contra el suelo.
Hasta sus brazos, que antes estaban cruzados con calma, cayeron a los costados. Gisela le lanzó a Nelson una mirada furiosa, apretando los dientes.
—¿Qué te pasa? ¿Sabes lo que estás diciendo?
Jamás pensó que Nelson fuera capaz de sacar ese tema tan vergonzoso, y mucho menos en ese tono.
Cuando llegó a la familia Tovar, Gisela tenía apenas doce años. Por la falta de alimento desde pequeña, su desarrollo fue más lento que el de otras niñas y su primer periodo le llegó hasta el primer año de la prepa.
Aquella fue la primera vez en su vida que se enfrentó a la menstruación. Todo ocurrió mientras iba sentada en el carro de Nelson, con su uniforme escolar azul y blanco. Cuando bajó del carro, la mancha al fondo de su pantalón era más que evidente, aunque ella ni se dio cuenta. Solo sentía una molestia en el vientre, como si algo le jalara hacia abajo.
Junto a Nelson, Gisela siempre se mostraba alegre y despreocupada. Además, esa tarde no regresaban a la mansión Tovar, sino a un departamento que Nelson tenía en otra colonia. Apenas el carro se detuvo, Gisela se apresuró a caminar rumbo a la entrada, sin esperar a que Nelson bajara.
Fue Nelson quien la detuvo, quitándose la chaqueta y, sin decir nada, le amarró las mangas alrededor de la cintura. La chaqueta caía justo sobre la mancha y la tapaba por completo.
Gisela, sin entender nada, lo miró parpadeando.
—¿Por qué me pones esto? No tengo frío. Se ve raro, no quiero usarla.
Estiró las manos para desatarse la chaqueta, pero Nelson la sujetó firme por las muñecas.
—Déjala así.
Le pasó un brazo por los hombros y le habló con voz tranquila.
—Anda, entra. Yo voy al súper a comprar unas cosas. Regreso en un momento.
Gisela, que siempre le hacía caso, y con el malestar en el vientre cada vez más intenso, solo asintió con docilidad.
—Bueno, pero apúrate. La señora ya hizo de comer.
—Sí, ya vuelvo —contestó Nelson, sin soltarla.
Apenas entró al departamento, Gisela empezó a refunfuñar mientras se quitaba la chaqueta.
—Qué raro, mejor me la quito.
En eso, la señora encargada de la limpieza le habló desde la cocina.
—Ay, señorita Gisela, mejor vaya y límpiese rapidito.



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