Ella arqueó ligeramente las cejas, sin decir palabra. En sus ojos se notaba una burla evidente dirigida a Nelson, y hasta se le escapó una risa desdeñosa.
Nelson respondió abrazándola aún más fuerte por la cintura, al grado de que sus cuerpos casi no tenían espacio entre sí.
En ese momento, Nelson contestó el celular con una voz grave y atractiva:
—Romina.
Aunque Nelson no puso el altavoz, el pasillo estaba tan silencioso y Gisela estaba tan cerca, que alcanzó a escuchar perfectamente la voz de Romina al otro lado de la línea.
La voz de Romina tenía un tono lloroso, tan débil y lánguido que daba lástima:
—Nelson, vi lo que Gisela publicó en internet… me siento muy mal, de verdad…
Romina se atragantó un poco, y su llanto se notó aún más:
—Nelson, en serio no me siento nada bien, ¿puedes regresar y estar conmigo? Vine a tu oficina, tu asistente me dijo que ya saliste y no sé dónde estás, tengo mucho miedo.
Gisela casi tuvo ganas de aplaudirle a Romina. Si la muchacha se metía a la farándula, seguro le daban un premio por mejor actriz.
Con ese dramatismo, si no fuera porque ella ya le había visto la verdadera cara a Romina, tal vez hasta se habría preocupado por sus lágrimas.
Como era de esperarse, los ojos de Nelson se oscurecieron y enseguida, con voz baja, la consoló:
—Estoy afuera, tú regresa a casa, ya voy para allá.
Gisela bajó la mirada y escuchó en silencio.
La voz de Nelson tenía una suavidad que no se le conocía, como si le tuviera una paciencia infinita a quien estaba al otro lado del teléfono.
Esa faceta de Nelson, esa manera dulce de hablar, sólo salía cuando se dirigía a Romina.
Romina volvió a hablar, con la voz temblorosa:
—No, no quiero… me quedo aquí afuera de la oficina, si no vienes, no me voy a ir.
Nelson frunció el ceño con un gesto de resignación:
—Anda, sé buena, ¿sí? Mejor regresa.
Romina insistió:
—No, aquí te espero, ¿puedes venir rápido por mí?

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