Gisela giró el tobillo con tranquilidad, sin importarle en lo más mínimo lo que Lautaro pensara de ella en ese momento.
Si ella fuera la directora de una preparatoria y se encontrara con una situación así, también pensaría que la persona frente a ella había perdido la cabeza.
Por eso, tenía toda la paciencia del mundo para esperar a que Lautaro aceptara su propuesta.
Gisela dio un paso hacia él y vio cómo el ceño de Lautaro se marcaba aún más.
—Apúrate y vete. Si no te vas, voy a llamar a tu mamá.
Ese siempre había sido el as bajo la manga de Lautaro para lidiar con los estudiantes problemáticos. A lo largo de su carrera, usar a los padres nunca le había fallado, y el efecto casi siempre era inmediato.
Pero no esperaba que la chica frente a él sonriera y respondiera:
—Director, justo hoy vine con mi mamá. De hecho, está afuera en la oficina. ¿Quiere que la llame para que la conozca?
Lautaro se quedó sin palabras.
—¡Ya, ya, ya! —reviró agitando la mano, visiblemente desesperado—. Si no te vas ahora, voy a llamar a seguridad.
—No se acelere, mejor escúcheme un momento —le contestó Gisela, con una calma sorprendente.
Lautaro miró a la muchacha y pensó que, en verdad, se estaba volviendo loco. ¿Por qué le estaba dando curiosidad lo que ella tenía que decir?
La voz de Gisela sonó ligera, casi juguetona:
—Vi que todos aquí están presentando exámenes de mitad de ciclo. ¿Qué le parece esto? Yo también hago el examen. Si logro sacar el primer lugar, usted me acepta como estudiante. Si no lo consigo, prometo que nunca más vuelvo a molestarlo. ¿Qué le parece? No le cuesta nada, sólo tendría que darme unas hojas de examen y una hoja de respuestas.
Los ojos de Lautaro se oscurecieron, evaluando a la chica.
No pudo evitar sentirse tentado. Al mismo tiempo, todo aquello le parecía absurdo.
Faltaban apenas dos o tres meses para el examen de ingreso universitario. Ningún estudiante serio de último año se cambiaría de escuela en ese punto, y ningún colegio aceptaría a alguien nuevo a esas alturas, salvo que hubiera una razón de peso.
Y sí, ¿cómo iba a saberlo si no lo intentaba?
Al final, era sólo una oportunidad. Si la chica fallaba, él tendría toda la autoridad para pedirle que se marchara. Y si por alguna razón ganaba…
Lautaro se levantó de su silla y dijo:
—Quédate aquí. Voy a buscarte los exámenes.
Gisela asintió con una sonrisa:
—De acuerdo.
...
Desde que Lautaro le entregó los exámenes hasta que dieron las diez de la noche, Gisela permaneció en la oficina del director resolviendo una hoja tras otra. Sin detenerse ni un segundo, resolvió el examen de español, matemáticas, inglés y el de ciencias en bloque. Cada respuesta quedó perfectamente escrita, con una caligrafía ordenada y elegante que llenó por completo las hojas de respuesta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza