Thiago infló las mejillas y, con el ceño fruncido, le lanzó una mirada desafiante a Gisela.
—¡No me importa!
Gisela le echó una mirada de reojo y, con voz tranquila, respondió:
—No pienso prestarte atención. Me voy primero.
Para ella, Thiago no era más que un mocoso malcriado. Ya lo arreglaría luego, sin apuro.
Sin decir más, Gisela dejó a Nelson y subió sola las escaleras.
Al ver esto, a Thiago se le abrieron los ojos de par en par y salió disparado tras ella.
—¡No puedes! ¡No puedes subir!
Nelson le hizo una señal a la empleada doméstica que estaba cerca. Ella entendió al instante y sujetó a Thiago por los hombros.
—Joven, hazle caso al señor Nelson. No subas, ¿sí?
Thiago estaba a punto de forcejear cuando la voz grave de Nelson retumbó sobre él, con el peso de una advertencia difícil de ignorar.
—Thiago, cada vez te comportas peor.
El tono de Nelson era tan firme que hasta Romina se puso tensa sin saber por qué. Corrió hacia Thiago y lo abrazó, tratando de calmarlo.
—Ya, ya, hazle caso a tu papá, ¿sí? No vayas a molestarla, ¿de acuerdo?
Thiago, todavía molesto, le dio la espalda a Nelson, cruzando los brazos y negándose a mirar a nadie.
Gisela escuchó el alboroto detrás de ella, pero no se volvió. Siguió subiendo, decidida.
...
—Gisela, sigues enojada.
No supo en qué momento Nelson la alcanzó. Ahora él le murmuraba al oído, tan cerca que sentía su aliento.
Gisela no se inmutó.
—Si el señor Nelson me vende los derechos del juego de Coneja Rosita, se me quitará cualquier enojo.
Nelson la miró de reojo, descubriéndola.
—Estás mintiendo.
Gisela soltó una risa breve, cargada de ironía.
—¿Por qué no lo intenta, señor Nelson? Así sabrá si es verdad o no.
Gisela sonrió, con un dejo de burla.
—Señor Nelson, puede que yo no sea la más obediente, pero esa advertencia la tengo clarita. ¿Qué tal que si lo llamo de otra forma y se enoja otra vez? Capaz que hasta me corre delante de todos.
Nelson la miraba con esa calma suya, sin mostrar emoción alguna, como si nada lo afectara.
Gisela, al ver que la conversación no la llevaba a ningún lado, estuvo a punto de cambiar de tema y cortar ese viaje incómodo por la memoria. Pero entonces Nelson preguntó:
—¿Conmigo quieres marcar distancia, pero con Xavier no?
La pregunta la tomó por sorpresa. Gisela lo miró de cerca, buscando en sus ojos alguna pista.
Nelson ya rondaba los treinta años, pero el tiempo no había hecho estragos en él. Si acaso, unas cuantas arrugas en la comisura de los ojos, pero seguía igual de atractivo, con cejas marcadas y facciones firmes, como esculpidas a mano.
Sin duda, era un hombre guapo. Incluso más que antes.
Romina seguramente había invertido bastante esfuerzo en él estos años; después de todo, Nelson tenía dinero y atractivo, y nunca le faltaban admiradores, hombres o mujeres.
Entre todos los hombres que Gisela había conocido, solo Xavier podía compararse con él.
Nelson ahora era mucho más sereno que antes. Aquella fiereza en su mirada de juventud se había transformado en una autoridad silenciosa. Ya no necesitaba alzar la voz para que se sintiera su presencia.
Gisela pensaba que el Nelson de ahora era mucho más difícil de enfrentar que el de antes.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza