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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 522

Gisela mantuvo la sonrisa en el rostro.

—Señor Nelson, llevo cinco años sin tocar el piano, y además, hace un momento ya le rechacé su propuesta.

Nelson asintió con toda seriedad, como si estuviera a punto de decir la verdad más importante del mundo. Luego, con voz tranquila, soltó:

—Toca una pieza y entonces hablamos sobre los derechos del juego Coneja Rosita.

Gisela estuvo a punto de poner los ojos en blanco, pero se contuvo a duras penas.

—Señor Nelson, recuerdo perfectamente que usted dijo que con solo venir a la fiesta de aniversario de bodas suya y de su esposa, consideraría venderme los derechos.

Nelson escuchó con paciencia, y luego, en tono seco, preguntó:

—Entonces, ¿vas a tocar o no?

¡Eso era cambiar las reglas a la mitad del partido! ¡Qué descaro!

Gisela sintió unas ganas tremendas de soltarle un golpe a Nelson en la cara.

Un silencio tenso llenó la habitación por varios segundos. Nelson parecía seguro de que ella terminaría aceptando, tan tranquilo y confiado que a Gisela le hervía la sangre.

Por dentro, Gisela soltó un pequeño suspiro.

—Señor Nelson, solo para dejarlo claro: ¿si toco, me vende los derechos?

Nelson solo respondió con una palabra:

—Toca.

Gisela pensó: ¿Por qué no te caes de tu pedestal de una vez?

La rabia le revoloteaba en el pecho, pero no le quedaba de otra que agachar la cabeza. Tenía todo un equipo que dependía de ella para cobrar su sueldo y recibir sus bonificaciones.

Ella llevaba un vestido largo y ajustado que dejaba los hombros al descubierto, la línea de su cuello y hombros era tan delicada que parecía una escultura. Su piel, suave y clara, reflejaba la luz con un brillo sutil. La abertura alta de la falda dejaba entrever una pierna esbelta cuando se sentaba, despertando la imaginación de cualquiera.

No cabía duda de que, en esos cinco años, Gisela había sabido cuidar de sí misma mucho mejor que cuando vivía con la familia Tovar.

Ahora, Gisela se sentía segura, radiante, con una elegancia y una calma que imponían respeto. La forma en que miraba a los demás transmitía una confianza que antes no tenía. Ya no era esa chica asustada que se escondía de todo.

Eso era bueno. Un avance claro.

Pero Nelson no estaba satisfecho.

Lo curioso era que ni él mismo entendía por qué sentía esa incomodidad.

En aquel entonces, él había aceptado dejar ir a Gisela.

Él había estado de acuerdo.

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