—¡Thiago!
Thiago era pequeño y se movía entre la gente como pez en el agua, rápido y escurridizo.
Romina apenas tuvo tiempo de reaccionar. Solo pudo ver cómo Thiago subía corriendo las escaleras.
Por un instante, sus ojos reflejaron un destello de inquietud.
En el fondo, también tenía curiosidad por saber lo que estaba pasando arriba.
Tosiendo ligeramente, se disculpó con voz apenada:
—Thiago todavía no entiende las cosas, yo subiré a ver qué sucede.
Estaba a punto de ir tras él cuando Xavier se le adelantó, subiendo las escaleras con prisa, de tres en tres.
Romina sintió cómo le invadía la sospecha, pero no dudó y lo siguió de inmediato.
...
Gisela se quedó con las palabras atoradas en la garganta. Se giró justo a tiempo para ver cómo la puerta, que hasta hace poco había estado cerrada, se abría de par en par. Apenas pudo distinguir lo que pasaba cuando una pequeña figura entró corriendo.
—¡Mala señora, te voy a derrotar!
La figura diminuta bajó la cabeza y se lanzó contra ella, los puñitos levantados como si fuera un héroe en miniatura.
Gisela, con el ceño fruncido, levantó la falda de su vestido y se hizo a un lado.
No contó con que el vestido era demasiado largo. La tela arrastraba por el suelo y, justo cuando el pequeño la alcanzó, se tropezó con ella y cayó de bruces al piso.
El golpe resonó fuerte, seco, y Thiago terminó tirado boca abajo.
Gisela lo miró con atención. Era Thiago, sin duda.
Pasaron unos segundos en silencio, hasta que Thiago, todavía con la cara pegada al suelo, soltó un llanto desgarrador y empezó a llorar a todo pulmón.
Gisela lo observó frunciendo el entrecejo. Con cuidado, liberó su vestido de debajo del niño y se apartó unos pasos.
Volteó a ver a Nelson con una expresión de inocencia, encogiéndose de hombros como diciendo: “Yo no fui”.
Nelson chasqueó la lengua con molestia, sus cejas se juntaron y miró a Thiago con seriedad.
—Thiago, levántate tú solo.
La voz de Nelson era firme y no necesitaba levantarla para hacerse respetar.
Thiago dejó de moverse por un momento. Con torpeza, se incorporó apoyándose con los brazos, se sentó en el suelo y, con los ojos llenos de lágrimas, miró a Gisela. Luego, con cara de desamparo, extendió los brazos hacia Nelson.
—Papá, abrázame, me duele...
Nelson no se inmutó. Sus ojos oscuros seguían fijos en el niño, con calma imperturbable.
—¿Por qué hiciste eso?

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