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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 530

Romina se sentó resignada al borde de la cama, llamando a Thiago varias veces. El médico de la familia perseguía a Thiago por toda la habitación, intentando convencerlo con dulzura, y hasta Arturo, dejando de lado su talante serio, se agachó para tratar de calmar a su querido bisnieto.

Pero Thiago ni caso les hacía. Sin mirar atrás, sus piernitas se movían rápidas como el viento, esquivando a todos.

El médico, con el frasco de medicamento en la mano, no lograba alcanzarlo por más que lo intentaba.

Romina suspiró sin poder hacer mucho más.

—Thiago, ven con mamá, cariño. No duele ponerte el medicamento, de verdad, ya pronto estarás bien —intentó convencerlo.

En el fondo, Romina ya se había resignado a que Thiago no le haría caso, pero para su sorpresa, el niño corrió hasta ella y se lanzó directo a sus brazos.

—Mamá, ¿vamos a buscar a papá? ¿Sí? —le rogó, abrazándola fuerte.

La mirada de Romina se nubló un instante, y le contestó con voz suave:

—Tu papá está ocupado platicando de trabajo con esa señora. Mejor vamos después, ¿sí? Primero hay que ponerte el medicamento.

Thiago infló los cachetes, haciendo un puchero.

—No quiero, yo quiero ir ahorita. Vamos a ver, vamos, vamos —insistió, tirando de su mano.

En su vocecita inocente, soltó:

—Mamá, yo ya vi en la tele que esas señoras malas llegan para quitarle el papá a uno. Tú tienes que cuidar a papá, no dejes que esa señora mala se lo lleve.

Romina se quedó helada por un segundo.

—Thiago, ¿de dónde sacaste eso...? —empezó, sin saber bien cómo reaccionar.

En ese momento, la voz de Nelson retumbó desde la puerta.

—Thiago.

Romina dio un respingo y, tratando de actuar con naturalidad, preguntó:

—Nelson, ¿no estabas platicando con Gisela sobre el trabajo? ¿Cómo es que viniste?

Thiago lo miró con los ojos bien abiertos, todavía asustado:

—Papá...

Nelson respondió de forma escueta:

—Escuché la voz de Thiago y vine a ver qué pasaba.

La herida de Thiago no era grave, pero como siempre lo habían consentido tanto, no aguantaba ni el más mínimo dolor. Por más que el médico trató de ser delicado, el niño apretó la cara, se puso pálido y las lágrimas comenzaron a rodar, sintiéndose el más desdichado de todos.

Romina sentía un nudo en la garganta de verlo así, pero otra preocupación le rondaba por la cabeza.

Se acercó a Nelson y, bajando la voz, preguntó:

—¿Y cómo les fue con la plática?

Nelson la miró de reojo.

—¿Qué quieres saber?

Romina dudó un instante antes de animarse a preguntar:

—Quiero saber si ya le vendiste los derechos del juego de Coneja Rosita a Gisela.

El silencio cayó entre ambos durante unos segundos. Romina sentía cómo la tensión crecía por dentro.

Los derechos del juego de Coneja Rosita, como decían los rumores, Nelson los había adquirido porque sabía cuánto le gustaba a ella. Incluso había mandado a la empresa a crear un juego especial de Coneja Rosita, que pronto saldría al mercado.

Para Romina, ese juego representaba el cariño de Nelson hacia ella, y le daba muchísimo valor. Jamás querría ver algo tan suyo en manos de otra persona, y mucho menos si era Gisela...

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