Todo volvía a repetirse, como si el tiempo hubiera dado una vuelta completa.
La herida en la rodilla de Thiago estaba exactamente en el mismo lugar que en su vida pasada.
Gisela sintió un escalofrío recorrerle la espalda, como si hubiera caído en un pozo helado.
Por un instante, creyó escuchar la voz de Romina llamándola desde lejos:
—¿Gisela?
Gisela apartó la mirada con movimientos lentos y rígidos.
El dolor de sus uñas clavándose en la palma le ayudó a recuperar un poco la compostura.
Escuchó su propia voz, serena y firme, carente de cualquier emoción. Habló como si nada pudiera afectarla.
—Señor Nelson, ¿va a vender o no los derechos del juego Coneja Rosita a Códice Avanzado?
Gisela alzó la vista y lo miró directo a los ojos.
—Señor Nelson, necesito una respuesta clara.
Nelson la miró con un gesto distante, los labios apretados y los ojos apenas entrecerrados.
En la sala, la mayoría se había reunido cerca de la escalera para ver el espectáculo. Observaban en silencio, conteniendo la emoción como si presenciaran una función de teatro.
Thiago, en brazos de Nelson, miró a Gisela con molestia, hizo una mueca y escondió el rostro en el hombro de su padre. Aferrándose a su cuello, murmuró con voz suave e infantil:
—Papá, ya tengo sueño. Quiero irme a dormir.
Romina, incómoda y con una chispa de burla en la mirada, tosió un par de veces antes de intervenir:
—Nelson, Gisela, ¿por qué no dejamos este asunto para mañana? Thiago está cansado y Nelson tiene que acompañarlo a dormir. Quizás no tenga tiempo ahora…
Gisela no cambió ni un ápice su expresión.
—Solo necesito una frase, ¿ni para eso tiene tiempo el señor Nelson?
Su tono se volvió más tajante.
—Solo quiero una respuesta.
Nelson respondió con voz grave:
—Lo hablamos después…



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