Eliana quería decir algo más, pero al ver a la maestra Arce, no se atrevió a seguir metiéndose.
En el pasillo, Gisela caminaba junto a la maestra Arce.
La mirada de la maestra Arce reflejaba preocupación.
—Gisela, no imaginé que estuvieras pasando por algo tan difícil. Si necesitas ayuda, puedes buscarme cuando quieras.
Gisela movió levemente los labios y contestó en voz baja:
—Estoy bien, no es para tanto.
La maestra Arce frunció el ceño con más fuerza.
—Claro que puedes sentirte mal. También puedes enojarte, ¿sabes? Tienes derecho a eso.
Por un instante, Gisela quedó en blanco. Era la primera vez que alguien le decía que podía enfadarse, que podía sentirse lastimada. Antes, ni se atrevía a molestarse o a mostrar que algo le importaba, porque a nadie le interesaba lo que sentía.
Pero ahora, de verdad, ya no le afectaba.
Sonrió con suavidad y miró a la maestra Arce con serenidad.
—De verdad, estoy bien, maestra.
No quería que la maestra Arce se viera envuelta en esos asuntos. La familia Tovar tenía mucho poder en la ciudad, casi todo lo controlaban.
Y ese poder estaba muy lejos del alcance de una simple profesora de preparatoria.
La maestra Arce soltó un suspiro.
Había escuchado rumores sobre Gisela y la familia Tovar, aunque nunca les creyó. Prefería confiar en esa alumna que apenas había tenido en unas cuantas clases.
Había algo limpio en la forma de ser de Gisela, una mirada sin dobleces ni manchas.
No era de las personas que juzgan por apariencia, pero podía confiar en esa transparencia que irradiaban los ojos de Gisela.
Sabía que la familia Tovar había lastimado a Gisela, la habían orillado a ese rincón donde solo podía decir, con resignación, que no le importaba.
...
El día del aniversario escolar llegó en un abrir y cerrar de ojos. Dos días después, Gisela se puso el vestido de gala que la maestra Arce le había conseguido. Se recogió el cabello, dejando ver su cuello y clavículas, tan delicados y blancos como una perla.
Esa sombra se fue acercando hasta que se detuvo justo detrás de ella.
Gisela levantó la mirada, siguiendo el reflejo.
Era Nelson.
Y también Romina.
Romina esa noche llevaba un vestido espectacular. Gisela reconoció la marca, una de esas piezas exclusivas que solo se encuentran en boutiques caras, la joya de la tienda.
Solo Nelson podía conseguirle algo así.
El vestido de Romina era de altísima calidad, con un corte impecable. Comparado con el que llevaba Gisela, rentado en una tienda de vestidos económicos, la diferencia era abismal.
Eliana, incapaz de desaprovechar la oportunidad de burlarse, lanzó su comentario venenoso:
—Gisela, desde que te alejaste de la familia Tovar, te ha ido tan mal que ni un vestido de diseñador puedes tener, ¿verdad?
Gisela se incorporó despacio, acomodándose en sus tacones, y se giró con calma.

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