Saúl dio un paso más cerca y soltó con voz desafiante:
—Quiero saber, ¿qué te hace dudar de mi trabajo como médico?
¿Quién le había dado a Gisela el valor para cuestionar sus capacidades?
Gisela lo miró sin apartar la vista, tranquila, y en vez de responder, le lanzó otra pregunta:
—¿Y tú dices que tienes principios éticos en tu profesión?
El gesto de Saúl se endureció por completo.
—Gisela, ¿te parece gracioso esto? Si vas a desconfiar de mí, trae pruebas y no vengas a hablar tonterías aquí.
La fulminó con la mirada, la voz cargada de desprecio:
—Sigues igual que hace cinco años, igual de insoportable y sin saber medir tus palabras.
Saúl no era cualquier persona. Aunque a veces podía comportarse como un tipo relajado o hasta revoltoso, jamás tomaba a la ligera su trabajo como médico. Siempre había sido responsable con sus pacientes y tenía una ética que no estaba dispuesto a romper por nada.
Sus maestros siempre lo habían elogiado: hablaban de su talento, su dedicación y el compromiso inquebrantable que tenía con la gente que atendía.
Justo eso, aquello de lo que más orgulloso se sentía, ahora Gisela lo ponía en duda sin razón.
A Saúl le hervía la sangre.
No podía estar más molesto.
Giró sobre sus talones y se fue sin mirar atrás.
Gisela observó cómo se alejaba, cargando con toda su furia, y en ese momento entendió algo.
Romina había actuado sin que Saúl supiera nada.



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