Gisela no pudo evitar sentirse intrigada.
Si todo eso era cierto, la relación entre Nelson, Romina y Pedro sí que era un enredo.
Pedro no lo ocultó en absoluto.
—Así es.
Gisela suspiró, casi con asombro.
—Vaya, ustedes sí que tienen aguante.
Pensar que podían verse a diario y aun así mantener la calma… Le parecía digno de admirar.
Sin añadir más, Gisela acarició el cabello de Katia con gesto distraído y se alejó.
A medio camino, sacó su celular; quería mandarle un mensaje a Saúl para preguntarle si aún recordaba el trato entre ellos.
Pero tan pronto lo tuvo en la mano, recordó que ni siquiera tenía el contacto de Saúl. No tuvo más remedio que preguntar a una de las enfermeras dónde quedaba la oficina de Saúl y decidió ir a buscarlo directamente.
Esperó algunos minutos en la oficina de Saúl, revisando su correo mientras tanto. De pronto, la puerta a su espalda se abrió y escuchó la voz de Saúl:
—Sabía que te encontraría aquí.
Gisela guardó el celular y se giró. Saúl seguía con la bata blanca puesta, y tenía marcas de algún golpe en la cara.
—Pensé que tal vez te olvidarías.
Saúl soltó un sonido entre irónico y resignado.
—Mi memoria aún no está tan mal.
Mientras lo decía, empezó a desabrocharse la bata. Gisela no pudo evitar observar el movimiento de sus manos.
Fue entonces cuando notó lo pálidas que eran las manos de Saúl, con las articulaciones ligeramente rosadas, los dedos largos y de una elegancia natural.
Apenas lo había mirado unos segundos cuando Saúl dejó caer la mano y le lanzó una mirada cortante.
—¿Qué tanto miras?
Gisela salió de su ensimismamiento y arqueó una ceja, divertida.
—Ay, perdón, ya no miro.
Saúl frunció el ceño, como si la simple atención de ella le resultara insoportable.
Gisela se giró, dándole la espalda.
—¿Así está mejor?
Saúl chasqueó la lengua, se quitó la bata con rapidez y se puso su abrigo de diario.
—Vamos.
...
El hospital donde estaba internada la abuela de Alejandra quedaba cerca, así que llegaron en poco tiempo.
Durante el trayecto, Saúl la miró por el retrovisor.
—Gisela, espero que lo que me dijiste sea cierto.
Gisela sonrió divertida.
—¿En serio me lo preguntas hasta ahora, cuando ya estamos en camino?
Saúl soltó una risa entre incrédulo y resignado.
—Con tu historial, sí que tengo que dudarlo.
—Todavía no llegamos. Si quieres, puedes pedirme que me baje y sigo sola —reviró Gisela, con una sonrisa traviesa.
Saúl no respondió y siguió conduciendo en silencio.
Gisela soltó una risita por lo bajo.
...
Cuando llegaron, Elisa, la abuela de Alejandra, ya estaba despierta. Gisela la presentó a Saúl como un médico que había invitado especialmente a revisarla.
Desde que Gisela le había contado a Alejandra lo que Romina había hecho, Alejandra había hablado muy bien de Gisela frente a Elisa, así que la señora le tenía bastante aprecio.
Por eso, al presentarle al médico, Elisa aceptó de inmediato.

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