La reunión del congreso se alargó más de lo previsto; cuando por fin terminó, ya era entrada la madrugada. Gisela tuvo que correr con su maleta a rastras por todo el aeropuerto para alcanzar su vuelo.
En cuestión de horas, Gisela ya había aterrizado en Santa Clara.
Apenas bajó del avión, no perdió tiempo en abrir la maleta y ponerse el abrigo grueso que ya tenía preparado. Santa Clara estaba cubierta de nieve, las carreteras apenas visibles por la acumulación blanca a los costados, y los trabajadores de limpieza paleaban sin descanso para despejar los caminos.
A su lado, Jimena le preguntó:
—Señorita Gisela, ¿vamos directo al hotel?
Gisela le pasó la maleta al chofer.
—No, directo al centro de convenciones.
—Entendido.
Jimena se apresuró a abrirle la puerta del carro, bajando la mirada mientras lo hacía.
Gisela había viajado esta vez a Santa Clara para asistir a un congreso internacional de tecnología e internet. La habían invitado especialmente, y su intención era solo conocer los temas que tratarían. Sin embargo, lo verdaderamente importante para ella seguía siendo la situación de los dos hermanos menores de Rubén.
Sentada en el asiento trasero, Gisela revisó la hora: eran las nueve de la mañana en su país. Al plazo que le había dado a Rubén solo le quedaban cinco horas.
Hasta ese momento, ni Alejandra ni nadie más le había mandado noticia alguna.
Gisela, sin embargo, no tenía prisa. Tanto si Rubén lo admitía como si seguía negándolo, la verdad terminaría saliendo a la luz.
Cuando el evento terminó, apenas quedaba media hora en el límite para Rubén.
Al salir del centro de convenciones, Gisela se dirigió directamente a la escuela donde estaban Nicolás y Lola, llevando consigo todos los documentos necesarios para la denuncia.
En el camino, Alejandra le mandó un mensaje:
[Ahorita estoy en la comisaría, todavía no hay noticias.]
Gisela escribió:
[Ok, queda media hora.]
Alejandra parecía inquieta:

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