Sin embargo, la llamada no entraba. Nadie contestaba y el sistema la colgaba de inmediato.
Delia sentía la garganta seca, así que volvió a marcar.
Pasó un minuto de desesperación y, como antes, la llamada se cortó sola.
Delia, terca como siempre, insistió y volvió a intentarlo.
Mientras tanto, Xavier caminaba de un lado a otro en la sala, con el semblante duro como piedra. Buscó durante uno o dos minutos, hasta que por fin encontró su celular en un rincón del sofá. En cuanto lo tuvo en la mano, llamó enseguida a Gisela.
Al ver esto, Delia colgó su propia llamada y se quedó mirando fijamente el celular de Xavier.
Tal como temían, tampoco pudo comunicarse.
Xavier marcó varias veces seguidas, pero ninguna llamada entró.
Por un momento, el ambiente en la sala se volvió tan denso que hasta respirar parecía un lujo.
Xavier apretó los labios y guardó el celular.
—La ubicación es Avenida Estelar, está cerca del Hospital del Pueblo. Vamos a revisar allá primero.
Delia asintió de inmediato.
—De acuerdo.
...
Camino al hospital, Xavier conducía el carro en silencio. Ninguno de los dos decía palabra y ambos tenían el rostro desencajado.
Xavier parecía otra persona, tan serio, con el entrecejo arrugado y los labios apretados. Todo su cuerpo estaba tenso, como si una cuerda delgadísima sostuviera su autocontrol y dignidad, y si esa cuerda llegaba a romperse, perdería el control y la espada de Damocles que pendía sobre él caería sin piedad.
Delia tampoco estaba bien. Miraba perdida por la ventana, pero solo ella sabía cuánta fuerza ejercía en el celular que sostenía entre las manos.
De pronto, el timbre del celular sonó de manera inesperada, llenando de tensión la quietud del carro.
Era el teléfono de Delia.

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