Gisela miró a Nelson y le dijo:
—Sal, por favor.
Nelson bajó la vista hacia ella.
—¿Te sientes mal en algún lado?
Gisela giró la cabeza, evitando su mirada. Repitió:
—Te pido que salgas.
Nelson se quedó quieto un momento, observándola sin decir nada.
Por dentro, Gisela se sentía extraña. ¿Qué estaba pasando aquí?
No volvió a hablarle ni lo miró. Nelson, finalmente, se dio la vuelta y salió de la habitación.
Cuando vio que la puerta del cuarto se cerraba, Delia se apresuró a sentarse junto a Gisela, lanzándole una mirada cautelosa mientras trataba de descifrar su expresión. Probó preguntando con cuidado:
—Lo que pasó entre tú y Nelson… ¿qué estaban haciendo?
Gisela soltó un suspiro de resignación.
—Todo fue un malentendido. Él solo vino a ayudarme y justo en ese momento ustedes entraron y lo vieron. No fue nada.
Delia hizo un gesto, chasqueando la lengua.
Por más que la estuviera ayudando, ¿era necesario abrazarla tan fuerte?
Aunque pensó eso, prefirió no decirlo en voz alta.
Delia notó que el vaso en la mesa de noche estaba vacío, así que preguntó preocupada:
—¿Tienes sed? ¿Te traigo un poco de agua?
Gisela negó con la cabeza. Al recordar el rostro de Xavier, preguntó:
—¿Dónde está Xavier?
Delia, de todos modos, llenó el vaso con agua. Al escuchar la pregunta de Gisela, bajó la voz:
—¿Tú y Xavier pelearon?
Gisela parpadeó, sorprendida por la pregunta, y respondió en voz muy baja:
—¿Cómo lo supiste? ¿Él te dijo algo?
Delia miró con precaución hacia la puerta del cuarto antes de contestar, también en voz baja:

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