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Después de la Traición: El Magnate a mis Pies romance Capítulo 8

Clara aguantó las ganas de apartar su mano de la de él y dijo con indiferencia:

—No hace falta. Quizás estoy tomando demasiados remedios herbales y se me ha amargado hasta el corazón, por eso me como la cabeza.

Sebastián la miró con pena y le acarició el pelo.

—Sé que es duro, mi amor. Pero por nuestro futuro, por nuestro bebé, ¿aguantas un poco más? Ya lo tengo todo pensado, tendremos solo un hijo. Hasta le he puesto nombre.

Se inclinó para abrazarla y le susurró al oído sus planes, lleno de ilusión.

Clara bajó la mirada para ocultar el asco que sentía.

«¿Un hijo? ¿Para qué? ¿Para que cuando crezca te reviente la cabeza a martillazos? ¿Te apetece?».

En casa de los Vega, en la mesa del comedor.

La mesa estaba llena de comida, pero nadie había tocado los cubiertos.

El padre de los Vega, Bernardo; la madre, Laura; el hermano mayor, Felipe; y el segundo, Bruno, estaban todos sentados.

Frente a la mesa había una gran pantalla. Era la interfaz de una videollamada de WhatsApp. Toda la familia esperaba a que Isabela Vega, que estudiaba en el extranjero, respondiera.

—Vaya, vosotros esperad si queréis. Yo tengo hambre.

Clara cogió los cubiertos, dispuesta a empezar a comer.

Bernardo la reprendió de inmediato con el ceño fruncido. —¡Suéltalos! ¡Qué falta de modales!

—Ja, ¿y que Isabela Vega haga que toda la familia espere con hambre por ella sí son buenos modales? —dijo Clara con sorna.

Qué curioso. A ella no le gustaba volver, pero la familia insistía en que viniera. Y cuando venía, tenía que esperar con el estómago vacío por Isabela.

Había diferencia horaria con Estados Unidos. La familia Vega incluso había retrasado la hora de la cena por Isabela.

Laura frunció el ceño. —Clara, tu hermana está sola estudiando en el extranjero, se siente muy sola. Su único deseo es cenar con la familia por videollamada cada día. ¿Qué te cuesta esperar un poco por ella?

Felipe añadió enseguida: —¡En casa te hemos preparado un banquete, mientras que Isabela en el extranjero solo puede comer cualquier cosa! ¿De qué te quejas?

Bruno soltó una risita. —Papá, mamá, Felipe, ¿cuándo ha vuelto sin montar un escándalo? Si no fuera porque lo quiere todo, ¿acaso Isabela se habría ido a estudiar al extranjero para evitarla? Si fuera la mitad de comprensiva que Isabela, en casa no habría siempre este mal ambiente.

Clara pensó que era increíblemente ridículo.

—Clara Rivera, ¿te crees que no te oímos? ¿Acaso no has comido en días? ¡Pues ahora no comes!

El cuenco volcado le mojó la ropa. La sopa caliente traspasó la tela, quemándole el pecho y el abdomen.

Pero a nadie le importó. Bruno siguió gritándole, señalándola con el dedo.

—¡Y deja de inventar! ¡Isabela es brillante! ¡Solo con su talento para el violonchelo, el piano y la pintura, podría entrar en cualquier universidad!

Felipe añadió con voz grave: —¿Y qué si Isabela persigue a un hombre? ¡Eso demuestra que tiene confianza en sí misma, que es responsable y valiente! ¡No como tú, que solo traes deshonra a la familia! ¡Suerte tienes de que a Sebastián no le importes!

Clara, de repente, se levantó sujetándose la ropa. Fue entonces cuando Sebastián se dio cuenta de que se había hecho daño.

—¡Basta ya! ¡Dejadlo! Clara está herida. ¡Déjame ver!

Habló con un tono frío y severo. Luego, preocupado, intentó acercarse a Clara para examinarla.

—La sopa no estaba tan caliente, no puede ser tan grave. Es solo un truco para dar pena, siempre hace lo mismo. Sebastián, eres demasiado ingenuo… —dijo Laura, restándole importancia.

Clara apartó la mano de Sebastián y, con una sonrisa fría, se levantó la camiseta de un tirón.

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