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DESPUÉS DEL DIVORCIO, MI EX SE VOLVIÓ LOCO DE AMOR romance Capítulo 9

Lázaro la miró por el espejo retrovisor, soltó el volante y levantó la mano como para frotarse el entrecejo, pero la bajó a medio camino.

—¿Solo porque no respondí a tu pregunta?

Beatriz negó con la cabeza, le daba pereza repetir las mismas palabras una y otra vez.

Estaba cansada de preguntar, harta.

En esas noches de insomnio, incluso llegaba a pensar obsesivamente si él realmente ya no la amaba, al punto de ser tan tacaño que ni siquiera se molestaba en inventar una mentira.

—Carina regresó. —dijo Lázaro—. Enfermó, por eso me contactó.

La explicación llegó demasiado tarde y demasiado a la ligera.

Después de dos meses de retraso, parecía un intento torpe de tapar el sol con un dedo.

—Si quieres verla, puedo organizarlo. —añadió él.

Beatriz rechazó tajantemente.

—Capitán Herrera, ¿tiene algún malentendido sobre su esposa? ¿Soy del tipo que iría a darle la mano a la mosquita muerta, discutir su enfermedad y volver a ser la esposa virtuosa?

—Ella no es así. —La interrumpió Lázaro, frunciendo el ceño con fuerza y endureciendo el tono.

El corazón de Beatriz se enfrió unos grados más.

No soportaba que nadie dijera nada malo de Carina.

—¿Entonces qué es? —presionó Beatriz—. ¿Es la hermanita que necesita que le mandes mensajes a medianoche y le llames a escondidas?

Lázaro suspiró: —Fue mi error.

—Claro que fue tu error. —dijo Beatriz—. Crees que no hace falta decir nada, que con solo volver y acostarnos, el asunto está olvidado, ¿verdad?

—No pensé eso.

—¿Entonces qué pensaste?

Se quedó callado otra vez.

Sus labios finos se apretaron en una línea dura y volvió a arrancar el coche.

Así era Lázaro.

En su filosofía de vida, los hechos siempre valían más que las palabras. Si podía resolverlo actuando, no usaría la boca.

Pero Beatriz necesitaba desesperadamente esa verdad.

Era totalmente inútil.

Al llegar a casa, Lázaro, como siempre, se agachó para sacar las pantuflas de ella del zapatero y ponerlas a sus pies.

Era un hábito que había mantenido durante dos años.

Beatriz las apartó de una patada y caminó descalza hacia la habitación de invitados.

Apenas tocó la manija, el hombre que la seguía la presionó contra la puerta y la cubrió con besos abrumadores.

Mucho más suaves.

Beatriz giraba la cabeza para esquivarlos, y él besaba sus orejas, su barbilla.

—Bea.

Al lado había una nota.

【Tengo reunión temprano en la estación, paso por ti en la noche para ir a cenar a casa.】

Beatriz no probó bocado, tiró todo a la basura.

Volvió al dormitorio y abrió el armario.

La ropa de Lázaro ocupaba la mitad, todo en negro, blanco y gris; uniformes y ropa civil clasificados y colgados ordenadamente.

La otra mitad era de ella.

Vestidos y suéteres de colores, como un alboroto que irrumpía en esa zona de bloques de color frío.

Ellos dos, por dentro y por fuera, desde la estética hasta el carácter, parecían personas de dos mundos distintos.

Beatriz sacó otra maleta y empezó a empacar sus cosas.

A medio empacar, sonó el celular.

—Mujer, ¿dónde estás? No me digas que ese perro te convenció de volver otra vez.

—Ajá.

—¡Beatriz! ¿Y tu dignidad? ¿Te drogó o te dio agua de calzón?

—Me acosté con él.

—...

Enrique guardó silencio, y después de un rato, su voz volvió a sonar con un sentimiento de resignación.

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