Punto de vista de Kael
Cometí un error, uno enorme. Tenía que alejarla.
Pero Arwen se veía demasiado bien.
Apoyé lentamente la espalda contra el sofá del exclusivo salón privado mientras ella salía del vestidor con pasos inseguros.
Y por un instante, uno solo, todas las defensas que había construido en años de práctica deliberada se callaron al mismo tiempo.
Olvidé respirar.
El vestido negro abrazaba cada curva de su cuerpo como si hubiera sido diseñado específicamente para ella. La tela oscura contrastaba con su piel clara y hacía que sus ojos marrones parecieran todavía más profundos.
Peligrosamente profundos.
Mi lobo despertó inmediatamente.
«Hermosa».
La palabra rugió dentro de mi cabeza.
Maldita sea.
—¿Qué tal me veo? —preguntó Arwen nerviosamente.
Tardé demasiado en responder. Error.
Porque ella bajó la mirada insegura inmediatamente.
Como si esperara críticas.
Como si estuviera acostumbrada a que el mundo le dijera que nunca era suficiente.
Algo incómodo se movió dentro de mi pecho.
—Te ves diferente —dije finalmente.
Ella levantó una ceja.
—Eso sonó sospechosamente diplomático.
Solté una risa baja.
—Te ves peligrosa.
Eso logró hacerla sonrojar.
Interesante. Muy interesante.
Porque Arwen intentaba actuar fuerte, pero seguía reaccionando a cada palabra que salía de mi boca.
Y yo comenzaba a disfrutarlo demasiado.
Grave problema.
Ella salió rápidamente del salón antes de que pudiera notar cuánto la estaba observando.
Yo pagué la cuenta y luego caminé hacia la salida del centro comercial privado.
Antes de subir a la camioneta, recorrí discretamente los alrededores.
Instinto, costumbre, la paranoia funcional que se desarrolla cuando llevas suficiente tiempo siendo el tipo de hombre que tiene enemigos reales con recursos reales.
Los Alfas poderosos no sobrevivían mucho tiempo siendo descuidados.
Arwen me observó desde dentro del vehículo.
—¿Qué estás haciendo?
Entré finalmente y cerré la puerta.
—Comprobando que nadie nos siga.
Ella parpadeó.
—¿Siguiéndote? ¿Por qué alguien haría eso?
La miré divertido.
—Tengo enemigos.
—Bueno… sí… eso tiene sentido.
Arwen comenzó a hablar rápidamente otra vez.
Era adorablemente incapaz de quedarse callada cuando estaba nerviosa.
—Digo, eres rico, poderoso y aterrador. La gente probablemente quiera secuestrarte o matarte o algo así…
—¿Aterrador?
Ella hizo una pausa.
—…Un poco.
Sonreí apenas.
Ella inmediatamente apartó la mirada.
Demasiado tarde.
Ya había olido el cambio en su aroma. Miel y lluvia con una capa de ansiedad encima que mi lobo encontraba completamente fascinante, lo que era un problema de proporciones considerables.
Mi lobo estaba obsesionándose con eso.
—Hablas demasiado cuando estás nerviosa —comenté.
Arwen soltó un suspiro dramático.
—Es una enfermedad incurable. — Respondió con ese tono suyo entre dramático y resignado.
La observé silenciosamente.
Había algo fascinante en ella. No actuaba como las mujeres de mi mundo.
No calculaba cada palabra antes de soltarla. No intentaba seducirme con la elegancia fría que las mujeres de las manadas de poder aprendían desde niñas. No fingía perfección ni medía mis reacciones para ajustar las suyas. Simplemente era real, con una honestidad sin filtros que resultaba refrescante.
Y eso resultaba peligrosamente adictivo.
—¿Por qué sigues mirándome así? —preguntó finalmente.
«Porque mi lobo quiere arrancarle la garganta a cualquier hombre que vuelva a hacerte llorar».
—Estoy pensando.
Ella tragó saliva lentamente.
Y entonces hice la pregunta equivocada.
—¿Qué te da tanto miedo?
Arwen quedó inmóvil. Sus dedos se tensaron sobre su regazo y ese gesto suyo de buscar algo que sostener cuando el suelo se mueve.
—Fracasar —susurró.
Mi pecho se tensó.
Ella soltó una risa rota.
—Toda mi vida he sido el error de alguien más.
La camioneta quedó completamente en silencio.
Incluso Dorian dejó de mirar el camino por un segundo.
Arwen respiró profundo antes de continuar.
—Mi hermana Ylva siempre fue la loba perfecta. Hermosa. Fuerte. Pura.
Pura. Allí estaba otra vez. La palabra que usaban las manadas para diferenciar sangres nobles de híbridos.



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