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El camino de venganza de la heredera rota romance Capítulo 165

Sus labios se abrieron un poco mientras murmuraba:

—Porque quiero casarme contigo.

La voz de Félix era profunda. Las pupilas de Lauren se dilataron, su mirada se fijó en sus labios, que brillaban de color rosa bajo la cálida luz. Tragó la amargura de su garganta, sin comprender del todo lo que había dicho. Sin embargo, logró esbozar una sonrisa, ocultando cualquier atisbo de confusión. A Félix no se le escapó la rigidez fugaz de su rostro. Al ver sus pestañas temblorosas proyectar sombras de mariposa debajo de sus ojos, sonrió y dijo:

—¿De verdad?

Ella estaba dispuesta, pero no tenía ni idea de lo que él había preguntado justo antes.

«Parece que tengo que mejorar en la lectura de labios».

Por suerte, Félix no se había dado cuenta todavía de su pérdida de audición. Ya había preocupado demasiado a Félix y a su abuela, no quería añadir a sus preocupaciones su sordera. Aunque no sabía qué había dicho, confiaba en Félix, nunca le haría daño.

—Sí —respondió de inmediato con una sonrisa.

Afuera de la ventana, tronó de repente, y un rayo iluminó la agitación de sus ojos.

«¿Cómo puedo confiar con tanta facilidad?». Pensó ella.

Él había dicho que quería casarse con ella. Lo entendiera o no, ella había aceptado. Eso significaba que la propuesta había tenido éxito. Esta constatación deleitó a Félix. Apagó la luz y la habitación se sumió en una acogedora oscuridad. Bajó las escaleras con pasos firmes. En cuanto entró a la estancia, tres pares de ojos ansiosos lo miraron.

Kate sonrió y dijo:

—Félix, ¿en dónde está Laurie?

—Se ha ido a dormir.

—¿Y qué estaban haciendo los dos en la habitación?

Con calma, Félix respondió:

Félix cruzó las piernas y se sentó en el sofá, con su voz profunda y magnética:

—Se está haciendo tarde, deberían ir a la cama.

—Hmm, tú también.

Kate, Anna y Marilyn no indagaron más y se retiraron a sus habitaciones, dejando a Félix solo en la estancia, con los gritos ocasionales de Elliot y el estruendo de los truenos que resonaban desde afuera. La voz de Elliot estaba ronca, pero no pretendía detenerse. Jeffrey, con el ceño fruncido, sugirió:

—Deja de gritar, es inútil. Vámonos.

Elliot lo ignoró, con los ojos fijos en la habitación. Lauren no se había dormido del todo; sus pensamientos eran delicados y sensibles, y de inmediato notó que algo no estaba bien en el comportamiento de Félix de antes. Se levantó de la cama y se acercó a la ventana, abriendo las cortinas lo suficiente como para ver a Elliot y Jeffrey afuera.

Elliot saltaba como un loco, con el rostro contraído por la rabia y la locura. Lauren lo observaba con una frialdad impasible. Sabía que solo había una razón para la visita de Elliot: tenía que ser por Willow. Su comportamiento furioso se debía a la preocupación por el sufrimiento de Willow en la cárcel. Una sonrisa fría y burlona curvó los labios de Lauren, tan escalofriante y desoladora como una luna de invierno.

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