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El camino de venganza de la heredera rota romance Capítulo 23

David temblaba de rabia, su pecho subía y bajaba con violencia. Alice se agarró el pecho, las lágrimas corrían por su rostro sin control.

—Lauren, no es así. Tu padre y yo te tuvimos porque te queremos. Tienes que creernos.

Lauren casi se rio, pero no había calidez en esa risa, solo burla y amargura.

—¿Quieres a tu hermana?

Estaba de pie justo frente a ellos, con la cabeza envuelta en vendas, la herida era tan evidente que hasta Marilyn se había dado cuenta, pero su propia familia actuaba como si no pudieran verla en absoluto. Ni una sola palabra de preocupación, solo acusaciones y juicios. Los ojos de Lauren ardían rojos de ira. Señaló su frente, su voz era aguda de furia.

—Hace diez minutos que entré por esa puerta. En esos diez minutos, ¿alguno de ustedes preguntó qué me pasó? ¿De verdad no se dieron cuenta o fingían no hacerlo? ¿O tal vez lo vieron y solo no les importó? Me han arruinado, nunca volveré a estar completa. ¿Y tienen la audacia de decirme que me quieren?

Su voz resonó en la habitación, llena de dolor y acusaciones. Cada palabra era una espada, cortando el aire y apuñalando a las personas que tenía delante.

—Siguen diciendo que me quieren, pero ¿en dónde está su amor?

Las lágrimas por fin se desbordaron, corriendo por sus mejillas. Todo su cuerpo temblaba de emoción. Los sollozos de Alice se detuvieron de repente. Ahora, después del arrebato de Lauren, se dio cuenta de las vendas de su frente, la sangre seca que manchaba su ropa. Con el corazón encogido, dio un paso adelante queriendo abrazarla, pero entonces vio la frialdad en los ojos de Lauren. Se detuvo en seco.

—Lauren, ¿qué te sucedió en la cabeza?

Willow jadeó en una exagerada conmoción.

—¡Dios mío, hermanita, estás herida!

Los ojos de Elliot parpadearon con algo ilegible, preocupación, tal vez, pero desapareció al instante. En cambio, su rostro se torció en una mueca de desprecio. Soltó una risa áspera, con voz chirriante.

—No me extraña que actuaras de forma tan dramática desde que entraste. ¿Así que este era tu plan? ¿Un poco de compasión para llamar la atención? —Levantó la barbilla y la miró con desdén—. Lauren, deja de hacer teatro. Es patético.

Alice dudó, su expresión cambió. La duda en sus ojos era inconfundible.

—Lauren… ¿Es eso cierto? No usarías una herida para asustarnos, ¿verdad?

David resopló con frialdad.

—Algunas cosas nunca cambian; un perro siempre se comerá su propio excremento.

Lauren nunca esperó que su reacción fuera así, y su cuerpo se puso rígido. Era como si le hubieran echado un cubo de agua helada, empapándola hasta los huesos. Pensaba que, por muy fría que fuera esta familia no ignorarían su dolor, pero se equivocó. Incluso la acusaron de fingirlo. En ese momento, el agotamiento la aplastó por completo. Ya no quería discutir, no tenía sentido.

—Piensa lo que quieras.

Enderezó la espalda y parpadeó rápido para evitar que le cayeran las lágrimas. Se negaba a mostrar debilidad frente a esas personas, luego se dio la vuelta y caminó hacia el almacén.

La discusión se prolongó. Al final, la casa volvió a quedar en silencio. Lauren se sentó en el suelo, apoyada contra la puerta, la habitación estaba oscura por completo. Se abrazó a sí misma, enterrando la cara en las rodillas y por fin dejó que las lágrimas cayeran. Empaparon su ropa, pero no pudieron lavar el dolor de su corazón.

Cuando llegó a esta casa por primera vez, estaba llena de esperanza. Había imaginado que sería su refugio seguro, un hogar cálido. En cambio, se había convertido en una prisión fría e ineludible, una que la había destrozado. Cada herida, cada cicatriz, cada momento de sufrimiento que había soportado… Todo era culpa de esta supuesta familia.

No sabía cuánto tiempo estuvo llorando. En algún momento, sus sollozos se hicieron más débiles. Se arrastró hasta la cama, mirando fijo al techo oscuro. Las lágrimas seguían cayendo, deslizándose por sus mejillas. Al final, el agotamiento se apoderó de ella y se sumió en un sueño inquieto, pero incluso en sus sueños no había paz.

La pesadilla se la tragó entera; oscura, sofocante, llena de ecos del pasado. En el sueño, estaba en la prisión. Podía sentir los golpes que le asestaban, escuchar las risas crueles, saborear la sangre en su boca. Se retorcía y se debatía en la cama, con el rostro contorsionado por el terror. Su voz era ronca era apenas un susurro:

—Ayúdame… Mamá… Mamá, por favor, sálvame…

Las palabras estaban llenas de miedo y desesperación, como si volviera a estar en esa pesadilla interminable, atrapada sin salida. Entonces, una mano arrugada y suave se posó en su espalda, dándole palmaditas rítmicas. Una voz cálida y reconfortante murmuró:

—No tengas miedo… Estoy aquí… Estoy aquí…

La voz era vieja y llena de ternura. Como una pequeña luz que atravesaba la oscuridad, tratando de ahuyentar sus miedos. Mientras dormía, Lauren se acurrucó por instinto hacia el calor, y su cuerpo tenso se relajó. Los llantos se desvanecieron de sus labios. La puerta del almacén estaba un poco abierta. El suave resplandor del pasillo se derramó, revelando a la persona sentada junto a su cama, no era Alice, era Marilyn.

Suspiró en silencio con el rostro lleno de tristeza, pero no había nada que pudiera hacer. Ella era solo una sirvienta, no tenía poder en esta casa. Lo único que podía hacer era cuidar de la Señorita Lauren como pudiera. Lauren se despertó, mirando al techo aturdida. Por un momento, no supo distinguir qué era real y qué no. ¿Había soñado que Alice la abrazaba, consolándola? Lauren soltó una risa amarga.

«Debía perder la cabeza. Qué fantasía tan ridícula».

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