Perspectiva de Freya
—Solo espero que ese tal Parker Williams de verdad sea tu hermano —dijo Lana por el WolfComm, su voz chisporroteando entre interferencias—. Ah, ¿y te enteraste? SilverTech Forgeworks cerró por completo. Los proveedores se largaron: ni pagos, ni materia prima, nada. Sus acciones están por los suelos. Ayer, una turba de inversionistas irrumpió en la sede de Silverfang. Dicen que a Caelum Grafton casi lo dejan para el arrastre.
Me quedé helada por medio segundo, aunque en el fondo, no me sorprendía.
Conocía demasiado bien a Caelum: su orgullo, esa terquedad de creer que podía con todo solo. Nunca supo cuándo parar. Si después de mi partida hubiera contratado a alguien profesional para manejar la empresa, SilverTech tal vez habría sobrevivido. Pero no lo hizo. Confió más en sus instintos de Alfa que en la razón.
—Dale unas semanas —siguió Lana, chasqueando la lengua—. SilverTech no va a quedar más que en cenizas. Caelum está a punto de estrellarse como nunca antes. Cuando pase, ni se te ocurra tenerle lástima, Freya.
—No lo haré —respondí, sin rodeos.
Y lo decía en serio.
El día que se negó a acompañarme para recuperar los restos de mis padres—el día que eligió el poder antes que a mí—fue el día en que mi corazón dejó de sentir algo por él.
Justo cuando terminé la llamada, una voz sonó detrás de mí.
—¿No vas a sentir lástima por Caelum Grafton?
Me giré. Silas estaba a unos pasos, recortado por la luz suave que entraba por la ventana. Su mirada era firme, imposible de leer.
—No —dije.
Se acercó más. —¿Y por mí? ¿Me vas a tener lástima, Freya?
Fruncí el ceño. —Tú no necesitas mi lástima.
—¿Y si sí la necesitara? —preguntó en voz baja.
Antes de que pudiera apartarme, sus manos se aferraron a los brazos del sofá donde yo estaba sentada, dejándome atrapada. Su aroma—un almizcle profundo de madera de hierro mezclado con tormenta—me envolvió por completo.
—Silas… —murmuré, encontrando sus ojos—. ¿Por qué te haces esto? Eres el Alfa de la Coalición Blindada. Podrías tener lo que quieras—quien quieras. Solo salimos unos meses. No vale la pena aferrarse. Vas a conocer a alguien más—
—Basta —me interrumpió, su voz cortante, casi suplicante. Sus ojos ámbar ardían con algo salvaje y desesperado—. No lo digas. Sé que nuestro amor nunca fue igual. Tú nunca sentiste por mí lo que yo sentí por ti. Crees que solo fueron unos meses, pero para mí, Freya, fue todo. Toda mi maldita vida.
Se me cortó la respiración.
—Tú puedes soltarme —dijo con la voz ronca—. Pero yo no. No puedo dejar de amarte, y no puedo amar a nadie más. No después de ti.
Se enderezó, alejándose, con una sonrisa amarga en los labios. —¿De verdad crees que lo mío contigo fue superficial?
—Yo… —Las palabras se me atoraron en la garganta.
Silas soltó una risa baja, cruda y llena de burla hacia sí mismo. —Patético, ¿no? Mi madre me abandonó, mi padre me despreciaba. Toda mi vida juré que nunca dejaría que me desecharan otra vez. Y luego llegaste tú. Te di todo lo que tenía, y cuando te fuiste, te rogué que te quedaras.
Se pasó una mano por el cabello, el temblor recorriéndole el brazo. —Incluso después de que te marchaste, no me arrepentí. Sigo sin hacerlo. Conocerte… amarte… me destruyó, pero lo volvería a hacer.
El dolor en su voz me atravesó más de lo que quería admitir. Me había prometido, hace mucho, que nunca volvería a llorar por él. Y sin embargo, ahora el pecho me dolía como si algo dentro se estuviera desgarrando.
Dolía—porque recordaba.
Porque alguna vez le juré que no lo abandonaría, sin importar las cicatrices que el mundo le hubiera dejado.
Y al final, lo hice.
Sí, él me mintió.

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