Elowen se acercó un poco más, con la voz suavizada por la ternura.
—Mi lord, ¿qué le pasa?
Cassian ni siquiera levantó la vista del libro.
—Nada.
—¿Tiene hambre? —intentó de nuevo.
—No.
—¿Quiere jugar ajedrez esta noche? —en sus ojos brilló la esperanza.
Él se quedó inmóvil un instante y luego negó con la cabeza.
—No esta noche.
Elowen parpadeó, sintiendo una distancia extraña en su forma de tratarla.
—Su Gracia, el carruaje está listo —anunció un sirviente desde la puerta.
Cassian miró a Elowen, que seguía confundida.
—Tengo asuntos. Voy al palacio.
Elowen se quedó pasmada, a punto de decir algo, pero Cassian ya se había girado hacia el sirviente.
—Vámonos.
Cuando él se fue, el estudio quedó sumido en un silencio profundo.
Elowen permaneció sola un buen rato, desconcertada, como si flotara a la deriva.
¿Había hecho algo mal? ¿Lo había hecho enojar?
Sin querer, le asaltaron recuerdos de Alaric: lo frío que se había vuelto después del matrimonio.
¿Cassian estaría empezando a volverse igual?
Era probable que pronto pidiera la anulación.
Tenía que prepararse.
...
En otro rincón de Vanelle...
Tras la captura de Warren por Nordia, Cassian había comprado una casita para que Rowena y Elara se hospedaran durante sus visitas a Vanelle.
Rowena y Kaelan todavía no regresaban a casa.
Elara, recluida en la casa después de la escena que armó en la Mansión Duskmoor, había estallado de rabia en vano. Su madre no se movió ni un centímetro. Ahora, con el ceño fruncido, estaba hecha bolita bajo las cobijas, llorando de pura frustración.
—Señorita... señorita.
Alguien la llamaba. Elara, irritada, respondió entre lágrimas:
—¡Déjame en paz!
La persona no se fue. En cambio, una voz baja, persuasiva, siguió insistiendo:
—Vengo a ayudarla, señorita. Sé que su corazón le pertenece al duque, y que la duquesa se atraviesa en su camino, sin permitirle ni siquiera un lugar como concubina.
Esas palabras le tocaron una fibra profunda. Elara por fin asomó la cara entre las cobijas, con los ojos hinchados y enrojecidos.
Observó a la doncella desconocida junto a la cama.
—A ti no te había visto. ¿Quién eres?
La doncella sonrió.
—Quién soy no importa, señorita. Lo que importa es...
Se inclinó un poco más, y su voz se volvió un susurro seductor.
—Tengo una forma de que consiga lo que quiere. De casarse y entrar a la Mansión Duskmoor. Incluso... de reemplazar a la duquesa.
...
Elowen almorzó sola. Cenó sola.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Despertar Inesperado del Amor La Elección de Elowen
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