La expresión en el rostro de Daphne le resultaba dolorosamente familiar.
Elowen soltó una risa helada.
—Qué curioso. Hace un momento te torciste el tobillo izquierdo. Yo te pateé el derecho. Entonces, ¿por qué estás llorando?
El sollozo de Daphne se le atoró en la garganta.
—Yo... sí me torcí el izquierdo, pero Su Gracia pateó tan fuerte que también me duele el derecho.
—¿Tan fuerte?
Elowen alzó una ceja. Dio un paso al frente y volvió a clavarle el pie directo en el tobillo.
La rodilla ya no le dolía. Ahora sí podía meterle fuerza de verdad.
Esta vez no se contuvo.
Daphne se quedó tiesa medio segundo y luego pegó un alarido. Las lágrimas se le desbordaron al instante.
Eso era. Elowen se dio cuenta de que, esta vez, el dolor sí era real.
Alaric frunció el ceño, aunque la comisura de su boca se le levantó pese a sí mismo.
—¿Y tú qué estás haciendo, exactamente?
Lo sabía. Elowen todavía se preocupaba.
En cuanto él ayudó a Daphne a levantarse con delicadeza, Elowen perdió el control. Ya no pudo disimular.
Se desquitó, ¿verdad?
Aun así, Alaric no pensaba ponérsela fácil. Se puso serio.
—Siempre te la agarras con Daphne. ¿No la aguantas o qué?
—No es solo a ella —dijo Elowen, serena. Su mirada se deslizó hacia él—. A ti tampoco te aguanto.
Antes de que él reaccionara, ella giró la pierna y le metió una patada de lleno en la rodilla. Más fuerte que la que le había dado a Daphne.
Y aun así, no era nada comparado con la lesión que ella había sufrido por él años atrás.
Después de aquel incidente, ya fuera en la vida pasada que recordaba o en esta, él jamás mostró ni un ápice de gratitud. Al contrario: no dejaba de aparecer solo para revolverle el estómago.
Y hoy, sin sirvientes alrededor, todavía tenía que venir a provocarla.
¿Qué esperaba?
Ella no era ninguna pobre chica indefensa que solo sabía tragarse las ofensas. En ese entonces no tenía a nadie que la respaldara. Esta vez era distinto.
—¡Elowen!
Alaric aspiró entre dientes, con la furia cruzándole el rostro. Se olvidó por completo de las formalidades.
—¿Te atreves a ponerme una mano encima?
Elowen ni se inmutó.
—¿Y qué si lo hice? Anda, ve a quejarte. Yo no voy a admitir nada. A ver quién te cree.
Ligera y satisfecha, se dio la vuelta para irse.
—¡Alto ahí! —rugió Alaric.

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