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El Despertar Inesperado del Amor La Elección de Elowen romance Capítulo 171

El leve sonido de la silla de ruedas acercándose hizo que Elowen se pusiera tensa sin darse cuenta.

Se volteó. La expresión de Cassian era serena, casi indescifrable. Se inclinó, apagó la vela junto a la cama y luego se acomodó a su lado.

Elowen sintió algo que no supo ponerle nombre.

Se movió apenas y lo miró en la penumbra. La línea de su rostro —de la frente, por el puente de la nariz, hasta la mandíbula— era afilada, limpia.

Demasiado limpia.

Con los ojos cerrados, se veía distante. Y eso a ella no le gustaba.

Se frotó los dedos bajo la manta y, con cierta vacilación, susurró:

—Cassian...

—¿Mm? —respondió él, bajo, con la pereza soñolienta de quien ya se está rindiendo al sueño.

—Lo del vino de hace rato... ¿ya se te pasó por completo?

A Elowen le ardieron las mejillas. Aun así se obligó a seguir, aunque la voz se le volvió casi inaudible.

—¿Quieres... que nos besemos tantito?

Los ojos de Cassian se abrieron al instante.

La tenía ahí, justo frente a él.

Su piel se veía cálida. Un rubor tenue le subía por las mejillas; no era nada exagerado, apenas lo suficiente para volverla suave, real... y peligrosamente cercana.

Acababa de preguntarle si quería besarla.

La garganta se le movió al tragar.

Siempre quería besarla. Ese no era el problema.

El problema era que ella no lo amaba.

Le daba miedo ser una carga. Se disculpaba demasiado. Nunca le pedía nada.

Así no se veía alguien enamorada.

Sostuvo su mirada un momento y luego dijo, en voz baja:

—Ya estoy mejor.

Elowen parpadeó, despacio, con cuidado. Entendió.

—Entonces... nada de besos.

Él casi asintió.

Pero la decepción en el rostro de ella lo golpeó de inmediato. No fue un drama. Solo un cambio mínimo en sus ojos, como si estuviera intentando que no le importara.

Algo dentro de él se tensó. Soltó un suspiro apenas audible, se inclinó y posó sus labios sobre los de ella.

Solo una vez. Ligero.

Elowen se quedó inmóvil y luego lo miró.

—Está bien —dijo él.

Sus dedos le rozaron la mejilla.

—Ella, ya es tarde. Duérmete.

Ella se detuvo un segundo y respondió, bajito:

—Mm.

Él no se quedó.

Apenas le tocó los labios un instante antes de apartarse.

El calor se apagó casi en cuanto apareció.

¿Eso siquiera le serviría de algo? ¿O... ya no le gusto como antes?

La mente se le llenó de pensamientos revueltos, enredados. Durmió mal.

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