La alzó con una facilidad inquietante, bajando la voz hasta volverla un murmullo.
—Tranquila, señorita Ashcroft. Si ya estás hecha polvo tan rápido, ¿cómo se supone que vas a aguantar después?
El tono con el que habló fue casi amable.
—Relájate —siguió, quedito—. Cuando entiendas lo bien que puede sentirse, te va a gustar.
La empujó contra el sofá.
La espalda golpeó los cojines con la fuerza suficiente para arrancarle un latigazo de dolor que le trepó por la columna.
La mano de él siguió cubriéndole la boca, apretando lo bastante como para cortarle el aire y ahogar cualquier intento de gritar.
Los ojos de Sylvia se le inundaron de lágrimas mientras el pánico le subía como una ola.
Por dentro, suplicó con desesperación.
Padre, por favor, sálvame.
Elowen... por favor.
Piers... Piers, sálvame.
Pero no llegó nadie.
Las lágrimas por fin se desbordaron y, en ese instante, Sylvia comprendió con una claridad aplastante que no iba a venir nadie a rescatarla.
En la penumbra del cuarto, el rostro de Piers se le alzó en la mente.
Antes de irse, lo había visto una vez.
Se había escabullido al lado norte de la ciudad para comprarle el postre helado que ella llevaba tiempo antojando. Cuando se lo entregó, aún estaba frío.
Lo probó y supo mejor que cualquier cosa que hubiera probado en su vida.
Piers se había sentado a su lado y le habló con suavidad.
—El compromiso lo arregló Su Majestad. Aunque a mi madre no le guste la idea, no puede oponerse abiertamente a su voluntad. Lo he pensado bien.
Su voz había sonado firme.
—Puede que mi madre nunca te tome cariño, pero al final lo que importa es nuestra vida. Me presentaré a los exámenes reales. Si consigo distinguirme y ocupar un cargo como ella quiere, quizá termine creyendo que casarme contigo fue la decisión correcta.
Sylvia lo miró, preocupada.
—Pero tú nunca quisiste una vida en la corte. No quiero que te obligues a algo que odias por mi culpa.
Piers solo sonrió.
—No sería solo por ti —dijo, ligero—. Nunca lo he intentado, así que asumí que sería aburrido. Pero tanta gente compite por eso que quizá sea más interesante de lo que pensé. ¿Quién sabe? Hasta podría quedárseme bien.
Sylvia estaba por hablar de nuevo, pero Piers alargó la mano y con el pulgar le limpió una manchita de postre en la comisura de los labios.
—No te preocupes —le dijo en voz baja.
Su mirada había sido cálida, tranquilizadora.
—Además, igual ni siquiera apruebo. Si pasa eso, nos quedamos tan tranquilos en la Mansión Falconcrest. Y si mi madre de verdad no te soporta y tú terminas infeliz, nos iremos a otro lado. ¿Hay algún lugar donde prefieras vivir?
El corazón de Sylvia se le estremeció con esas palabras.
—Rivenshire —respondió en voz bajita.
Se le sonrojaron un poco las mejillas.
—Cuando era niña viajé ahí con mi padre. Los puentes y los sauces... se sentía casi como el paraíso.
Piers asintió sin dudar.
—Entonces, Rivenshire.
Ahora, el recuerdo de su voz y de su rostro fue desvaneciéndose despacio, disolviéndose en su mente.
Por un brevísimo instante, Geoffrey se quedó completamente inmóvil.
Miró a Sylvia, y luego su mirada bajó despacio hacia su pecho.
Pasaron varios segundos antes de que entendiera de verdad lo que había ocurrido.
Cuando la realidad le cayó encima, el dolor lo siguió al instante, retorciéndole el rostro mientras se llevaba la mano a la herida.
—Tú...
La maldición no alcanzó a salirle completa.
El golpe había entrado con una precisión brutal, peligrosamente cerca de algo vital.
La fuerza se le fue del cuerpo casi de inmediato, y se desplomó en el suelo mientras un jadeo áspero y entrecortado le desgarraba la garganta.
Solo entonces Sylvia se permitió soltar el aire, aunque fuera apenas.
Un momento después, estallaron pasos apresurados afuera del cuarto: un ruido caótico, veloz.
—Adentro. Sáquenlo.
La voz era inconfundiblemente familiar.
A Sylvia se le fue el color del rostro mientras las lágrimas se le juntaban en las pestañas.
Despacio, giró la cabeza.
Yvonne estaba ahí.
La desesperación se le vino encima tan de golpe que sintió como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies.
En ese instante entendió, con una claridad terrible, que todo ya se había venido abajo y que nada de lo que dijera ahora podría cambiar lo que venía.
Maldita sea.

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