A las diez de la noche, Camila Noriega terminó de bañarse y completar su rutina de cuidado de la piel, lista para dormir. Antes de acostarse, como era su costumbre, revisó el celular y abrió WhatsApp por si había algún mensaje de trabajo. En la pantalla brilló una notificación.
[Dante se puso hasta atrás, necesito que vengas al Salón Dorado a recogerlo urgentemente]
El Salón Dorado era un lugar exclusivo en San Juan de los Ríos. Camila había estado allí en algunas ocasiones, pero siempre se sentía incómoda siendo la única mujer entre tantos hombres. No podía creer que Dante Morán, recién llegado de un viaje de trabajo, no la buscara primero a ella y en lugar de eso se fuera a emborrachar al Salón Dorado. Este pensamiento le provocó un peso en el pecho, una sensación de malestar que se instaló en su corazón, pero aunque se sintiera así, como su novia y asistente, no le quedaba otra opción.
Se levantó de la cama con resignación, se vistió rápidamente, tomó las llaves del carro y salió. No era la primera vez que acudía al Salón Dorado, y ya había dejado su número de teléfono allí, así que todos la conocían. Con el número de habitación que Héctor le había proporcionado, Camila subió al sexto piso como si conociera el lugar de memoria y llegó rápidamente al cuarto donde estaban.
Apenas abrió una rendija de la puerta, escuchó voces desde el interior.
—¿Estás seguro de que quieres casarte con Camila?
La mano de Camila se detuvo bruscamente al escuchar aquello.
—No sé.
La voz familiar y cansada de Dante penetró en sus oídos. Camila apretó los labios, sintiendo cómo la decepción la invadía. Llevaba cinco años con Dante y, bajo la insistencia de su madre, planeaban casarse cuando ella cumpliera veinticinco años. Pero justo ese día, Dante le dijo que tenía que viajar por trabajo. Ella comprendió que estaba ocupado y no le dio importancia a su ausencia, pensando que al volver podrían fijar otra fecha. Ahora, sin embargo, comenzaba a sospechar que Dante no quería casarse con ella.
—Yo veo que te gusta Lucrecia Villagrán, y a la señorita Villagrán también le interesas. Ser el yerno de Grupo ÁpiceFund no es algo que cualquiera pueda lograr, ¡deberías aprovechar!
El corazón de Camila se estremeció. ¿Dante tenía sentimientos por Lucrecia?
—Cami ha estado conmigo cinco años, no puedo fallarle.
—Ya le compraste una casa, más de dos millones. ¿Crees que sin ti podría comprar una casa en San Juan de los Ríos? ¡Te está usando como cajero! Si ÁpiceFund no nos hubiera inyectado cincuenta millones en capital, ¿crees que nuestra compañía estaría donde está ahora? ¿Has pensado en lo que pasaría si el presidente de ÁpiceFund se entera de que te acostaste con su hija y no te haces responsable? No olvides que ÁpiceFund tiene el treinta por ciento de nuestras acciones.
Las uñas de Camila se clavaron en la palma de su mano mientras miraba incrédula la puerta del cuarto. ¿Qué estaba diciendo Héctor? ¿Dante y Lucrecia se habían acostado juntos? Dante le había asegurado que Lucrecia era solo una embajadora de la marca, que entre ellos no había absolutamente nada.
—Cami, ¿qué haces parada aquí? ¿Por qué no entras?
Una voz la sobresaltó desde atrás. Camila se giró y vio a Emilio Fernández, compañero de dormitorio de Dante y Héctor, y también accionista de Tecnología AlturaMax. Los demás compañeros de Dante, aparte de Héctor, se llevaban bien con Camila. Al ver que ella no respondía, Emilio no notó nada extraño y abrió la puerta con una sonrisa.
—Dante, Cami vino a buscarte.
Las caras de los hombres en la habitación mostraron sorpresa al escuchar eso. Héctor miró con burla a la mujer detrás de Emilio. Camila se detuvo en la puerta, se tranquilizó durante un minuto y luego respiró hondo antes de entrar con paso firme. Se plantó frente a Dante, manteniendo la calma exterior.
—¿Te acostaste con Lucrecia?
Dante se agitó al escuchar su pregunta y dejó rápidamente su copa, intentando tomar la mano de Camila.
—Fue solo una vez, ¿me perdonas? Si lo haces, mañana mismo nos casamos.
Incluso cuando había sido infiel, el tipo mantenía su actitud altiva, haciéndola sentir como una tonta durante esos cinco años. Camila apretó el bolso en sus manos, conteniendo su enojo. Bajo la mirada ansiosa de Dante, reunió todas sus fuerzas y le lanzó el bolso a la cara.
—¡Vete al diablo! ¡Maldito infiel! ¡Terminamos!
Su voz resonó por todo el pasillo, llamando la atención de dos personas que acababan de salir del elevador. Ambos se detuvieron, observando la escena con interés. Eran dos individuos altos, al menos de un metro ochenta, con buena apariencia y una elegancia natural que los convertía en un espectáculo cautivador en el corredor.
Al notar que los estaban observando, el orgullo de Dante no pudo soportarlo. Se cubrió la frente herida por los remaches del bolso y, agotado de paciencia, miró a Camila con desprecio.
—Camila, ya deja de gritar que terminamos. Todos los hombres cometemos errores. Ya tienes veinticinco años, ¿de verdad crees que vas a encontrar a alguien mejor que yo?
—¿Crees que por tener algo de dinero ya eres la gran cosa? ¡No me importa! ¿Veinticinco años? Aunque nadie me quiera nunca, jamás volvería con alguien como tú, que no puede controlar sus impulsos. Te lo repito: terminamos hoy, y no quiero verte nunca más.
—Como quieras, pero luego no te arrepientas.
Dante no insistió más, dio media vuelta y regresó al cuarto, cerrando la puerta de un golpe. Las lágrimas empezaron a resbalar por el rostro de Camila. Las secó con la mano y se dirigió al elevador para bajar, sin percatarse de las dos figuras que permanecían en el otro lado del pasillo, observando en silencio.

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