Apenas Adolfo Ferrer bajó del auto, su expresión se tornó sombría.
Estaba a punto de responder, pero Gabriela lo detuvo de golpe con ese tono tan cariñoso al llamar a Benito.
Ese tipo de voz, la había tenido él mismo cuando era niño, cuando todavía existía ese lazo especial. Pero ahora...
Al recordar la actitud de Gabriela hacia él en el presente, un sabor amargo le llenó el corazón. La miró con desconsuelo, pero Gabriela ignoró por completo la mirada de Adolfo.
En cambio, miró a Benito Lemus con una satisfacción imposible de ocultar.
Con solo un mensaje de Verónica, Benito había llegado de inmediato.
La manera en que un hombre trata a las amigas y la familia de una mujer dice mucho sobre cuánto le importa esa mujer. Gabriela lo tenía claro: su Vero había salido muy lastimada de una relación anterior. Ahora necesitaba a alguien tan atento como Benito, alguien que supiera, sin hacer ruido, derribar poco a poco los muros que Vero había levantado tras aquella herida.
Sin dudarlo, Gabriela tomó la mano de Benito justo delante de Adolfo.
—Benito, ya salí del hospital. Cuando tengas tiempo en la noche, ven a cenar, yo te preparo algo rico. Mira nada más, te la pasas trabajando y te me estás quedando en los huesos.
Verónica Salazar: [...]
[Hay un tipo de delgadez que solo los adultos mayores pueden ver.]
Benito tenía un cuerpo atlético, se notaba que hacía ejercicio; de esos que se ven delgados con ropa, pero fuertes sin ella.
Sin embargo, en vez de protestar, Benito sonrió con los ojos.
No respondió de inmediato. En su lugar, giró para mirar a Verónica, que acababa de bajar del auto detrás de él.
—Verónica, ¿te parece bien?
La pregunta de Benito hizo que Adolfo también dirigiera la mirada hacia Verónica.
—Verónica, no te quedes callada, di algo —saltó Ramón, encantado de alimentar el drama.
Ramón disfrutaba ver a Adolfo en apuros. Aunque ya no era necesario, no quería dejar pasar ninguna oportunidad de ver a Adolfo pagar por el descuido con el que había tratado a Verónica en el pasado. Todo esto, pensaba Ramón, era lo mínimo que Adolfo merecía.
—Claro —respondió Verónica, sin preocuparse por guardar distancia con Benito.
Ella prefería dejarse llevar.
Ese “claro” hizo que la tristeza en los ojos de Adolfo se hiciera más profunda.
Quiso decir que no, pero al abrir la boca se dio cuenta de que ya no tenía derecho a oponerse.
—Sra. Gabriela, abajo corre mucho viento, mejor suba primero —dijo Adolfo, tratando de disimular la tormenta que llevaba dentro, preocupado por la salud de Gabriela.
Recordaba bien lo que Gonzalo Silva había advertido: Gabriela no podía exponerse al frío.
—Benito, vámonos al departamento —dijo Gabriela, sin tomar en cuenta el comentario de Adolfo.
Llevó de la mano a Benito, con la otra jaló a Verónica, y los tres avanzaron juntos como una familia feliz.
La amargura de Adolfo se hizo aún más intensa. Su mirada los siguió, los músculos tensos, el cuerpo tieso.
De pronto, Gabriela se detuvo y se giró.
Los ojos de Adolfo brillaron un poco, ilusionado de ser él a quien Gabriela volteaba a ver.
Pero Gabriela, en realidad, había pensado en Ramón.
No se olvidaba de su ahijado, que aunque no era hermano de sangre de Vero, la quería como si lo fuera.
—Ramón.

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