En el instante en que el cuchillo se abalanzó hacia ella, Zulma no cerró los ojos. Se quedó mirando fijamente a Adolfo.
Sus ojos brillaban de satisfacción, como si saboreara el triunfo.
Adolfo, al final, sí se atrevió a levantarle la mano.
En ese segundo antes de morir, Zulma sentía que por fin había destruido al hombre que más había amado en toda su vida.
Pero, en el fondo de su mirada, también se escondía un dolor tan demoledor que parecía desgarrarla por dentro.
El hombre que amaba con toda el alma, en verdad la odiaba.
La odiaba tanto, que deseaba verla muerta.
En medio de esa tormenta de emociones, el dolor que esperaba no llegó.
El cuchillo sí apuntó directo a su pecho, pero justo cuando la punta rozó el corazón, se detuvo.
En los ojos de Zulma se encendió un destello de esperanza, y casi sin pensar soltó:
—Adolfo, ¿no puedes matarme, cierto?
—¿Todavía sientes algo por mí?
—Ja.
Adolfo soltó una carcajada despectiva.
La miró con unos ojos tan duros que parecían atravesarla. Luego cambió la dirección del cuchillo y, sin piedad, lo presionó contra una de las heridas que ya tenía.
—No quiero ensuciarme las manos contigo.
Ella quería arrastrarlo con ella al infierno, ¿pero de verdad creía merecerlo?
Sí, Adolfo deseaba despedazar a Zulma con sus propias manos.
Pero, mancharse por su culpa, no valía la pena.
Morir sería demasiado fácil para ella.
—Zulma, tus provocaciones conmigo no funcionan. Las pruebas de que contrataste a un asesino ya las tiene Javier. Yo mismo te voy a entregar a la policía.
Al escuchar que no iba a morir en ese momento, el cuerpo entero de Zulma se relajó.
Nadie quiere morir.
Y menos alguien como ella, tan perfeccionista y calculadora.
Su amor tenía condiciones.
Si Adolfo no tuviera poder y dinero, jamás se habría obsesionado con él solo por su cara bonita.
Adolfo observó el cambio de expresión en Zulma y, por dentro, se rio con desprecio.
Ella pensaba que ir a prisión era su salvación.
No tenía idea de que ahí apenas comenzaría el verdadero sufrimiento.
Él se encargaría de que Zulma pagara cada una de sus culpas tras las rejas, que viviera deseando la muerte sin encontrarla.
Solo así podría honrar la memoria de Pilar y de su abuelita.
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