Habitación de hospital
Gabriela vio cómo Verónica Salazar entraba de la mano de Benito Lemus.
Contuvo la tormenta de emociones que le provocaba Adolfo Ferrer y centró su atención en Benito, preocupándose por sus heridas.
—Señora Gabriela, no se preocupe, fue solo un rasguño, nada grave. ¿Usted no siente ninguna molestia?
—Estoy bien.
Los tres estaban fuera de peligro.
Benito le pidió a su asistente que hiciera los trámites para el alta de los tres.
En cuanto la policía supo que todos habían despertado, se acercaron para tomarles declaración.
También les informaron de la situación.
El incendio de la noche anterior ya había sido controlado; por suerte llamaron a los bomberos a tiempo y no hubo daños a los vecinos.
Por boca de los policías, Verónica y Gabriela se enteraron de que la responsable del incendio había sido Zulma Cuevas.
—Oficial, ¿ya atraparon a esa mujer?
Verónica, que la noche anterior había percibido el olor a gasolina, ya sospechaba que todo era provocado. Lo que no imaginó fue que Zulma regresaría a hacer de las suyas.
Solo de recordar el peligro de anoche, a Verónica se le descompuso la cara.
Zulma era como una bomba a punto de estallar.
—La sospechosa escapó, pero, señorita Verónica, no se preocupe, ya emitimos una orden de captura. No vamos a descansar hasta arrestar a Zulma.
¿Cómo podía estar tranquila Verónica?
Zulma estaba completamente loca.
Hasta encerrada en el psiquiátrico había logrado escapar y prenderles fuego a ella y a su mamá.
Ahora que sabía que seguían vivas, Zulma seguro no iba a dejar las cosas así.
El cuerpo de su mamá ya no resistiría más sobresaltos.
Cuando la policía se fue, Verónica frunció el ceño y la tensión se apoderó de todo su ser.
Le angustiaba pensar en lo que Zulma podía hacer.

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