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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 3

Davinna abrió los ojos despacio, sintiendo la boca seca y una pesadez horrible en las sienes. La luz que entraba por el ventanal la obligó a parpadear varias veces hasta que el techo alto comenzó a cobrar forma. Estaba acostada en una cama enorme, envuelta en sábanas suaves. La última imagen que tenía en la cabeza era la de un tipo elegante afuera de su pastelería, y el aroma dulce que la dejó inconsciente.

Intentó incorporarse de golpe, apoyando las manos sobre el colchón, pero un pequeño movimiento a su lado la congeló por completo.

Sentado sobre una cómoda de madera oscura, el pequeño mono capuchino vestido con un chaleco de cuero negro la observaba fijamente. El animal ladeó la cabeza, dio un pequeño brinco hacia la orilla del mueble y se acercó a ella con curiosidad, estirando una patita.

Davinna soltó un grito fuerte que retumbó en las paredes al ver al mono acercarse.

Sicario, gritó también, dando un salto hacia atrás en el aire, su chillido fue agudo y el grito de Davinna mas fuerte. El capuchino terminó escondiéndose detrás de una lámpara, enseñando los dientes y mirándola como si la loca fuera ella.

—Sicario, deja de asustar a nuestra invitada.

La voz grave resonó desde el otro extremo de la habitación. Davinna giró la cabeza hacia el origen del sonido, sintiendo cómo el corazón le latía demasiado rápido.

Sentado en un sillón junto a la ventana, con las piernas cruzadas y unos documentos entre las manos, estaba Matthias. Vestía una camisa negra con las mangas hasta los codos y la observaba con una calma exasperante, como si tener a una mujer secuestrada en su dormitorio fuera la cosa más normal del mundo.

Davinna sintió un vuelco salvaje en el estómago al reconocer la mandíbula marcada, los ojos oscuros y la estructura imponente del hombre con el que se había acostado hacía más de un mes.

El pavor la dominó por completo. Lanzó las cobijas a un lado e intentó saltar de la cama para correr hacia la puerta, pero él ni siquiera se inmutó.

—El médico dijo que debes evitar movimientos bruscos.

Davinna se quedó inmóvil a mitad de la cama, con un pie casi tocando el suelo. Las palabras de Matthias le helaron la sangre. Miró hacia la ventana; el cielo estaba completamente claro y el sol iluminaba la habitación, lo que significaba que había pasado la noche entera inconsciente en ese lugar. Se apretó el abrigo contra el pecho, sintiendo una mezcla de rabia y confusión que la hacía temblar.

—¿Quién demonios eres? —exigió saber, frunciendo el ceño con indignación.

Matthias dejó los papeles sobre la mesa de noche, se tomó su tiempo para acomodarse y la miró con una frialdad absoluta.

—Creo que es obvio. Matthias Angelini. El padre de tu hijo.

Davinna abrió los ojos de par en par, sintiendo que el aire se le atascaba en la garganta. ¿Cómo carajos sabía del bebé? Si apenas hace una semana el doctor se lo había confirmado.

La cabeza le daba vueltas a una velocidad aterradora, incapaz de armar las piezas de ese rompecabezas.

—¿De qué bebé hablas? —soltó de inmediato, intentando poner su mejor cara de póker, aunque la voz le tembló imperceptiblemente.

Matthias dibujó una sonrisa ladina, carente de cualquier tipo de calidez. A su lado, Sicario aprovechó la calma para bajar de la lámpara, trepar ágilmente por el respaldo del sillón y acomodarse en el hombro de su dueño, imitando el gesto y mostrando una especie de mueca con los dientes.

Davinna observó al mono sobre el hombro del hombre y apretó los dientes, sintiendo una frustración enorme.

—¿Vas a negar que estás esperando un hijo mío? —preguntó Matthias, inclinándose un poco hacia adelante, fijando sus ojos oscuros en ella.

Davinna comprendió en ese instante que no había marcha atrás. Realmente lo sabía.

Joder, estaba atrapada en una habitación desconocida con un tipo loco y esperaba un hijo de ese loco.

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