—¿Qué…?
Sus palabras se trasformaron en un gemido de placer cuando él hundió la lengua en su sexo.
Su cuerpo, que apenas comenzaba a calmarse, se elevó a cien grados en un instante, y la presión en su vientre volvió a crecer, intensificándose hasta volverse casi insoportable. Las sensaciones que azotaban su cuerpo eran demasiado.
—Más… más… por favor.
Esta vez él no detuvo sus caricias, todo lo contrario, las fue acelerando cada vez más hasta que Amelia empezó a sentir que iba a perder la cabeza.
Se mordió el labio inferior e intentó recuperar el control de su respiración. Pero la bola de fuego que se había estado gestando en su interior estalló, arrasándola por completo.
—¡Dimitri! —jadeó, mientras él continuaba lamiéndola, alargando su orgasmo.
Dimitri bajó la pierna de Amelia y la sostuvo firmemente por la cintura antes de incorporarse. Se tomó un instante para contemplar su rostro. Tenía el cabello desordenado, algunas hebras pegadas a la frente perlada por el sudor, los ojos cerrados, las mejillas sonrojadas. Era una invitación al pecado.
Se inclinó hacia ella y la besó con ansia, presionando su cuerpo contra el suyo para que notara la firmeza de su erección a través de la ropa. Apenas se separó, apoyó la frente contra la de Amelia, que abrió los ojos, vidriosos y llenos de deseo.
Con un movimiento algo rudo, la giró y la pegó contra el vidrio.
—Me estoy muriendo por enterrarme en ti —susurró en su oído.
Deslizó el cierre del vestido y luego las tiras, dejando que la prenda cayera hasta amontonarse a sus pies. Tomó las manos de Amelia y la apoyó contra los ventanales. Se desvistió con prisa. Luego, con una mano la sujetó por la cintura y con la otra acomodó su miembro entre las piernas de Amelia.
Entonces se hundió en ella de un solo golpe.
—Blin! Eto tak kruto. (¡Joder! Esto se siente demasiado bien.) —gruñó.
Amelia intentó aferrarse a la ventana, mientras un gemido abandonaba su boca. El miembro de Dimitri la estiraba hasta rozar el límite del dolor, pero la sensación era demasiado placentera para que le importara.
Más allá, la ciudad se extendía en un mar de luces borrosas.
Dimitri la sostuvo firmemente de las manos, manteniéndolas por encima de su cabeza, y la embistió una y otra vez, aumentando la intensidad en cada impulso mientras gruñía. El cuerpo de Amelia golpeaba contra el vidrio, ahora empañado por el calor de su cuerpo.
—Más… más —gemía ella entrecortadamente, mezclando palabras ininteligibles con jadeos.
Amelia miró al hombre que descansaba a su lado. Los primeros rayos del día le permitían verlo bastante bien. No había perdido ni un poco de su encanto, si acaso se veía aún más atractivo.
Había pasado algunos años desde que se había ido a la cama con un hombre, la última vez había estado en la universidad. No estaba segura que la había llevado a lanzarse de cabeza así y se sentía algo avergonzada, aunque no podía encontrar arrepentimiento en su interior. Aun así lo mejor era marcharse de allí. Sería incómodo enfrentarse a él ahora que era de día.
Se levantó con cuidado, hizo una mueca al sentir un dolor entre las piernas. Él la había tomado tres veces durante la noche. Cada vez con un dominio y exigencia que aún se excitaba al pensar en ello.
No le habría molestado volver a verlo alguna vez. Pero sabía como funcionaban los líos de una noche y probablemente él no querría lo mismo. Además no era el momento para iniciar una aventura, tenía muchas cosas de las que ocuparse.
Amelia se dirigió a la sala para recuperar su ropa. No se sentía cómoda volviendo vestirse sin darse una ducha, pero no se iba a arriesgar a que Dimitri despertara y la encontrara aun allí. Se vistió rápido y llamó al ascensor, para su suerte no era necesario la clave para bajar porque no la recordaba.
Dimitri no estaba seguro de que fue lo que le despertó. Se dio la vuelta y frunció el ceño al ver que el lado junto al suyo estaba vacío. Estiró la mano y se dio cuenta que las sábanas estaban frías. Sintió una decepción al no ver a Amelia, pero ignoró aquella sensación.
Su teléfono comenzó a sonar desde algún lado de la habitación. Se puso de pie y fue por sus pantalones que habían quedado en un rincón. Los levantó y sacó su celular.
—Papá —saludó después de ver el identificador.

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