Vanesa no respondió.
Sabía muy bien que Vicente estaría a salvo solo si ella obedecía.
—Siéntate aquí —Fabio alzó la vista hacia ella.
Al ver a su hermano, Vanesa se había levantado por inercia para acercarse al monitor, intentando captar cada detalle.
Por eso, ignoró por completo la orden de Fabio.
—Vanesa, no quiero que estés de pie haciéndole daño a mi hijo —la amenazó con su habitual tono pausado.
Habló bajo, pero sus palabras cargaban un peso tan abrumador que resultaba imposible desafiarlo.
Vanesa volteó a verlo con resignación.
No había ni una pizca de concesión en sus ojos.
Con paso vacilante, caminó hacia él, sin poder evitar mirar de reojo la pantalla.
Apenas llegó a su lado, él la jaló con fuerza, obligándola a caer sobre el sofá.
Ella seguía con la mente puesta en el monitor.
De repente, sus pupilas se dilataron. El apuesto rostro de Fabio estaba a centímetros del suyo.
Estaban demasiado cerca.
Vanesa se hundió contra el respaldo del sofá.
Él usó su peso para inmovilizarla, pero con el cuidado suficiente para no lastimarla.
Estaba embarazada, y ese bebé era la carta ganadora de Fabio para negociar las acciones.
—¿Lloras de alegría al ver que Vicente sigue vivo? —murmuró él con voz pausada.
Mientras hablaba, rozó sus labios contra la piel de ella, en lo que parecía un coqueteo retorcido.
Vanesa se mordió el labio inferior en silencio. Su atención, antes centrada en su hermano, ahora estaba atrapada por Fabio.
No podía permitirse bajar la guardia. Sabía que, si lo hacía, él la arrastraría al abismo.
—Vane... —susurró, bajando aún más la voz, impregnándola de una inusual ternura.
Sintió el roce de sus labios junto a su oreja y el aliento cálido que le erizó la piel. Su corazón dio un vuelco.
En sus siete años de matrimonio, Fabio nunca la había tratado así.
Incluso en la intimidad, para él solo era una descarga de frustración.
—¿Te estoy empujando al límite? —respondió él con lentitud.
Mientras hablaba, la mirada de Fabio se oscureció.
Vanesa vio asomar la crueldad en sus ojos.
El agarre en sus muñecas, que hasta entonces había sido ligero, se volvió de acero.
Un destello de dolor le recorrió el brazo.
Su cabeza se echó hacia atrás contra el respaldo.
De improvisto, Fabio le mordió el labio inferior, clavando sus dientes con saña.
Sus manos grandes vagaron por su cuerpo con atrevimiento, y entre la suavidad de su tacto se filtró un estremecimiento traicionero.
Era una mezcla de dolor agudo y un placer abrumador.
—Fabio Serrano, eres un... —alcanzó a maldecir.
Pero sus palabras fueron silenciadas al instante por un beso devorador.
No pudo soltar ni un quejido, inmovilizada por el peso de su cuerpo, sin la más mínima oportunidad de defenderse.

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