Por supuesto, Vanesa podía elegir no salir de casa.
Pero quedarse encerrada no le hacía ningún bien.
Precisamente por eso, Julián la obligaba a salir todos los días, aunque fuera por un rato.
—¿Qué pasa? —preguntó Julián al notar que la mirada de Vanesa vagaba nerviosa.
—Nada, solo siento que alguien nos observa. Quizás sean los paparazzi —respondió ella con un hilo de voz.
Era una mirada intensa, ardiente y demasiado familiar.
Por un segundo de locura, sintió que era Fabio.
Pero ella misma descartó ese pensamiento por absurdo.
Además, últimamente los paparazzi no dejaban de seguirlos a todas partes.
Al pensar en ello, Vanesa logró tranquilizarse un poco.
Julián echó un vistazo a su alrededor.
—No importa. Si quieren seguirnos, que nos sigan.
No dijo más y condujo a Vanesa hacia el departamento.
Una vez dentro, la miró fijamente.
—Vanesa, nuestro vuelo a Boston es el martes. Mañana es fin de semana y el Registro Civil está cerrado. El lunes iremos a casarnos —declaró Julián, yendo directo al grano.
—Pero mi...
—Lo sé, tu acta de divorcio aún no ha sido emitida. Pero eso no importa, al final del día es solo un papel.
—Julián...
—Solo quiero casarme contigo.
Sus palabras fueron simples pero contundentes.
Vanesa bajó la mirada, quedándose en silencio.
Sentía que la habían acorralado sin dejarle salida.
Pero sabía muy bien que si quería liberarse de las cadenas de su pasado con Fabio, casarse con Julián era la mejor opción.
—Julián, esto no es justo para ti —murmuró ella.
—Mientras seas mi esposa, el concepto de justicia no tiene cabida —respondió él con una calma inquebrantable.
Vanesa sintió un nudo en la garganta.
Era gratitud. Pensó que, después de todo, tal vez ya era hora de dejarlo ir.
—Yo me encargaré del asunto de Paz, confía en mí —añadió Julián.
—De acuerdo —respondió Vanesa después de un largo silencio.
Ser observado por Julián era aterrador. Sus ojos oscuros y profundos infundían más terror que los del mismísimo Don Armando.
—Joven Jiménez, ¿hay algún problema? —preguntó el hombre, tragando saliva.
Julián fue tajante:
—Es la señora Jiménez, no la señorita Arias. ¿Quedó claro?
Un silencio sepulcral cayó sobre la sala.
Pero solo duró un instante. De inmediato, los presentes corrigieron su error:
—Por supuesto. Señor Jiménez, señora Jiménez.
Por dentro, todos morían de curiosidad. ¿En qué momento se habían casado Julián y Vanesa?
Pero nadie se atrevió a abrir la boca.
Justo en ese momento, el sonido de pasos rompió la tensión.
Todos giraron la cabeza hacia la entrada y, sin poder evitarlo, varios tosieron disimuladamente.
El ambiente se volvió aún más incómodo.
Porque acababan de entrar Fabio Serrano y Giselle Rivas.
Y era evidente que Fabio había escuchado la declaración de Julián.

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